
Lo que la conducta de un niño intenta comunicar
Antes de corregir la conducta, aprendamos a mirar el corazón
En la Escuela Dominical podemos encontrarnos con niños que pegan, muerden, empujan, corren constantemente, interrumpen, no obedecen o hacen berrinches. Frente a estas situaciones, es fácil pensar: “Es un niño problemático”, “No tiene disciplina” o “No quiere aprender”.
Sin embargo, la conducta infantil suele comunicar algo que el niño todavía no sabe expresar con palabras.
Esto no significa que debamos justificar las agresiones, permitir la desobediencia o eliminar los límites. Significa que una corrección verdaderamente formativa debe atender dos asuntos: la conducta que necesita cambiar y la necesidad que puede estar detrás de ella.
La Biblia nos recuerda:
“Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”.
—Santiago 1:19
El maestro cristiano no solamente reacciona ante lo que ve; escucha, observa, discierne y acompaña.
La conducta es una señal, no toda la identidad
Un niño que pega no es “un niño malo”. Es un niño que realizó una acción incorrecta y necesita aprender una respuesta diferente.
Debemos separar la identidad del niño de su comportamiento:
- En lugar de decir: “Eres agresivo”, digamos: “Golpear lastima y no está permitido”.
- En lugar de: “Eres desobediente”, digamos: “No seguiste la indicación; vamos a intentarlo nuevamente”.
- En lugar de: “Siempre te portas mal”, digamos: “En este momento necesitas detenerte y elegir otra conducta”.
Las etiquetas pueden convertirse en cargas. Cuando repetimos que un niño es terrible, inquieto, rebelde o imposible, corremos el riesgo de hacerle creer que no puede cambiar.
La corrección bíblica no destruye la identidad; señala lo incorrecto y abre un camino hacia la restauración.
Cuando un niño pega, muerde, empuja o patea
Estas conductas deben detenerse inmediatamente porque ponen en peligro a otros. Sin embargo, después de garantizar la seguridad, necesitamos averiguar qué sucedió.
El niño quizá:
- No sabe expresar su enojo, frustración o temor.
- Se sintió amenazado o invadido.
- Quería recuperar un objeto.
- Está buscando atención o conexión.
- No ha aprendido a establecer límites con palabras.
- Está imitando una conducta que ha visto.
- Se encuentra cansado, sobreestimulado o frustrado.
El maestro puede intervenir con calma y firmeza:
“No voy a permitir que golpees. Tus manos son para cuidar, no para lastimar. Dime qué pasó y te ayudaré”.
Después puede enseñarle expresiones concretas:
- “No me gusta”.
- “Por favor, detente”.
- “Yo lo estaba usando”.
- “Necesito espacio”.
- “Maestro, necesito ayuda”.
- “Estoy enojado”.
El objetivo no es solamente conseguir que deje de golpear, sino darle una herramienta mejor para la próxima vez.
Cuando parece que no hace caso
En ocasiones repetimos “no” tantas veces que la indicación pierde claridad. También podemos dar órdenes largas, ambiguas o poco apropiadas para la edad del niño.
Antes de concluir que está desafiando la autoridad, conviene preguntarnos:
- ¿Me aseguré de que me estuviera escuchando?
- ¿La instrucción fue breve y específica?
- ¿Le pedí demasiadas cosas al mismo tiempo?
- ¿Comprendió lo que debía hacer?
- ¿La rutina del salón es predecible?
- ¿Está cansado, preocupado o distraído?
En lugar de gritar desde lejos: “¡Deja de portarte mal!”, podemos acercarnos, colocarnos a su altura y decir:
“Guarda los colores en la caja y después ven a sentarte conmigo”.
Las opciones limitadas también pueden ayudar:
“Puedes sentarte en esta silla o en el cojín. Tú eliges”.
El niño recibe cierto margen de decisión, pero el maestro conserva el límite y la dirección de la clase.
Cuando corre, salta o trepa constantemente
Los niños no fueron creados para permanecer sentados durante largos periodos. El movimiento es parte de su desarrollo y también puede favorecer el aprendizaje.
Un niño muy activo quizá necesita:
- Pausas breves de movimiento.
- Juegos dirigidos.
- Actividades al aire libre.
- Participar sosteniendo una lámina o repartiendo materiales.
- Canciones con movimientos.
- Cambios de actividad más frecuentes.
- Una tarea concreta que canalice su energía.
En vez de luchar contra toda necesidad de movimiento, podemos incorporarla a la enseñanza. El niño puede representar una historia bíblica, buscar tarjetas con el versículo, realizar movimientos relacionados con la lección o trasladarse entre estaciones de aprendizaje.
No toda inquietud significa rebeldía. A veces, la planificación de la clase exige al niño una quietud que todavía no puede sostener.
Cuando hace berrinches frecuentemente
Un berrinche puede aparecer cuando el niño se siente frustrado, cansado, abrumado o incapaz de comunicar lo que necesita. En ese momento, una explicación extensa o un regaño público probablemente aumentarán su desregulación.
El maestro debe mantener la calma, reducir los estímulos y hablar con pocas palabras:
“Estás muy molesto. Estoy aquí contigo. No voy a permitir que lastimes a nadie. Cuando te tranquilices, hablaremos”.
Una vez que el niño recupere la calma, se puede conversar sobre lo ocurrido y practicar una respuesta diferente.
Los berrinches frecuentes también pueden estar relacionados con sueño insuficiente, exceso de pantallas, cambios familiares, ansiedad, hambre, sobreestimulación u otras necesidades particulares. El maestro puede observar patrones y conversar prudentemente con los padres, sin diagnosticar ni acusar.
Conectar no significa ceder
Existe una diferencia importante entre comprender una conducta y permitirla.
Podemos decir:
“Comprendo que estás enojado, pero no puedes golpear”.
Con esta frase hacemos dos cosas:
- Validamos la emoción.
- Limitamos la conducta.
Todas las emociones pueden ser escuchadas, pero no todas las conductas pueden ser permitidas. El enojo es real; golpear no es una respuesta aceptable. La tristeza merece acompañamiento; destruir materiales continúa siendo incorrecto.
Los límites amorosos dan seguridad. Un salón sin límites no es un salón lleno de gracia, sino un ambiente impredecible donde los niños pueden sentirse inseguros.
Una respuesta práctica para el maestro
Ante una conducta difícil, podemos aplicar cinco acciones:
1. Regularnos
Antes de responder, controlemos nuestro tono, expresión y postura. Un adulto alterado difícilmente podrá ayudar a un niño alterado.
2. Proteger
Detengamos cualquier acción que pueda lastimar al niño, a sus compañeros o al maestro.
3. Conectar
Acerquémonos con respeto y reconozcamos la emoción: “Veo que estás frustrado”.
4. Corregir
Expresemos el límite con claridad: “No está permitido empujar”.
5. Enseñar
Mostremos una conducta alternativa: “Puedes pedir turno diciendo: ‘¿Me lo prestas cuando termines?’”.
La disciplina está incompleta cuando solo dice qué no hacer. La verdadera formación también enseña qué hacer en su lugar.
Observar antes de sacar conclusiones
Una misma conducta puede tener causas diferentes. Por eso debemos evitar afirmaciones absolutas como:
- “Si pega, necesita más conexión”.
- “Si no obedece, es porque usamos demasiado la palabra ‘no’”.
- “Si corre, solamente necesita jugar”.
- “Si hace berrinches, es por las pantallas”.
Estas pueden ser posibilidades, pero no explicaciones universales. La conducta infantil es compleja y debe observarse considerando la edad, el contexto, la frecuencia, la intensidad y los acontecimientos que ocurren antes y después.
Una herramienta sencilla consiste en registrar:
- ¿Qué sucedió antes?
- ¿Qué hizo exactamente el niño?
- ¿Cómo respondieron los adultos y compañeros?
- ¿Qué ocurrió después?
- ¿En qué momentos se repite?
Esto permite identificar patrones y tomar decisiones más acertadas.
Trabajar junto con la familia
Cuando una conducta es repetitiva, intensa o peligrosa, debemos conversar con los padres o cuidadores en privado. La conversación debe centrarse en observaciones concretas, no en etiquetas.
En lugar de decir:
“Su hijo es agresivo y no se puede controlar”.
Podemos expresar:
“Durante las últimas tres clases, cuando otro niño toma un material que está usando, ha respondido empujándolo. Hemos comenzado a enseñarle a pedir ayuda y queremos trabajar junto con ustedes”.
También debemos escuchar a la familia. Quizá existen cambios, pérdidas, preocupaciones o estrategias que pueden ayudarnos a comprender mejor al niño.
Si la conducta persiste, afecta seriamente su participación o pone a alguien en peligro, puede ser conveniente que la familia busque orientación profesional. El maestro acompaña y comunica; no diagnostica.
La disciplina como formación espiritual
Nuestra meta no es producir niños silenciosos que nunca incomoden al adulto. Queremos ayudarlos a desarrollar dominio propio, empatía, responsabilidad, obediencia y amor por los demás.
La Palabra de Dios dice:
“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.
—Efesios 6:4
Este principio también orienta al maestro cristiano. Corregimos sin humillar, establecemos límites sin amenazar y enseñamos sin avergonzar.
La gracia no elimina la verdad, y la verdad no debe administrarse sin gracia.
Conclusión
Detrás de una conducta difícil puede haber una emoción intensa, una habilidad que todavía no se ha desarrollado, una necesidad no expresada o una situación que el maestro desconoce. Por eso, antes de reaccionar, necesitamos observar y escuchar.
Pero escuchar la conducta no significa obedecer todas sus demandas. El niño necesita comprensión y límites; conexión y corrección; paciencia y dirección.
Un buen maestro no pregunta solamente: “¿Cómo hago para que deje de comportarse así?”. También se pregunta:
“¿Qué está intentando comunicar y qué habilidad necesita aprender?”
Un Cuando miramos más allá de la conducta, dejamos de ver un problema que debemos controlar y comenzamos a ver a un niño que necesita ser guiado. Esa mirada paciente, firme y compasiva puede convertirse en una de las expresiones más hermosas del amor de Cristo dentro del salón de Escuela Dominical.





Discover more from Ministerio Infantil Arcoíris
Subscribe to get the latest posts sent to your email.