
Jesús y los niños: una iglesia que recibe, enseña y cuida
Reflexión bíblica para padres, maestros y líderes cristianos
Lecturas principales: Lucas 18:15–17; Mateo 18:1–6; Marcos 10:13–16.
Los Evangelios presentan a Jesús acercándose a personas que necesitaban atención, consuelo y esperanza. Entre ellas estaban los niños. Él los recibió, los bendijo y los puso en medio de sus discípulos para enseñar verdades fundamentales acerca del Reino de Dios.
Estos encuentros revelan algo más que una actitud afectuosa. Nos ayudan a comprender cómo debemos acercarnos a Dios y qué responsabilidad tenemos hacia los pequeños.
Para quienes servimos en la Escuela Dominical, las palabras y acciones de Jesús plantean preguntas importantes: ¿cómo recibimos a los niños?, ¿qué lugar tienen sus necesidades en nuestras decisiones?, ¿qué aprenden acerca de Dios mediante nuestra manera de tratarlos?
El ministerio infantil necesita una enseñanza fiel y un cuidado que haga visible el amor del que hablamos.
1. Cuando los adultos se convierten en una barrera
Lucas relata que algunas personas llevaban incluso a sus bebés para que Jesús los tocara. Al verlo, los discípulos reprendían a quienes los acercaban.
El texto no explica todas sus razones. No necesitamos atribuirles pensamientos que el Evangelio no menciona. Lo que sí sabemos es que su conducta estaba impidiendo el acercamiento.
Marcos señala que Jesús se indignó y pidió que dejaran venir a los niños.
La escena nos llama a revisar una posibilidad incómoda: podemos estar cerca de Jesús, participar en su obra y, aun así, dificultar que otros se acerquen.
Barreras que también pueden aparecer hoy
Una barrera puede ser una actitud impaciente, una exigencia que no corresponde a la edad o una organización que ignora las necesidades infantiles.
Podemos crear obstáculos cuando:
- Consideramos molestas todas sus preguntas.
- Esperamos que permanezcan inmóviles durante actividades demasiado largas.
- Los comparamos constantemente con otros.
- Confundimos una dificultad de aprendizaje con desinterés espiritual.
- Los avergonzamos cuando se equivocan.
- Dejamos sin apoyo a quienes necesitan adaptaciones para participar.
Revisar estas prácticas forma parte de nuestra responsabilidad como maestros. A veces, una modificación sencilla permite que un niño encuentre un lugar que antes le resultaba difícil habitar.
La bienvenida requiere mirar la experiencia de la clase desde las necesidades de quienes la reciben.
2. Jesús les dio tiempo, cercanía y bendición
Marcos describe que Jesús tomó a los niños en sus brazos, puso las manos sobre ellos y los bendijo.
El relato presenta una acogida concreta. Los pequeños recibieron atención y cercanía en medio de las actividades del Maestro.
Para nosotros, esto puede traducirse en gestos cotidianos: saludar por su nombre, escuchar una historia, explicar una actividad y notar cuando alguien necesita compañía.
Una presencia que presta atención
Los niños reconocen cuando un adulto los escucha y cuando solamente espera a que terminen de hablar.
En una clase numerosa, la atención individual puede requerir organización. Podemos distribuir responsabilidades entre los maestros y procurar que cada niño tenga oportunidades de ser escuchado.
Una pregunta sencilla —“¿Cómo te fue esta semana?”— puede abrir una conversación significativa si estamos dispuestos a atender la respuesta.
Afecto con respeto
La cercanía también debe respetar los límites del niño. Podemos expresar cariño mediante palabras amables, atención y gestos que le resulten cómodos.
No todos desean un abrazo ni deben sentirse obligados a aceptarlo. Respetar su respuesta les enseña que su voz tiene valor.
El cuidado cristiano ofrece afecto sin imponerlo.
3. Recibir el Reino como un niño
En Lucas 18:17, Jesús enseña que es necesario recibir el Reino de Dios como un niño.
La imagen nos invita a considerar nuestra disposición delante del Padre. Un niño depende de otros para recibir alimento, protección, orientación y cuidado. Su vida comienza sostenida por aquello que no puede proporcionarse por sí mismo.
Desde esa imagen podemos reflexionar sobre nuestra necesidad de la gracia de Dios.
Llegamos al Señor necesitados de su misericordia. Nuestra experiencia, conocimientos y logros no nos permiten exigir un lugar en su Reino.
Abrir las manos para recibir
A los adultos puede costarnos reconocer que necesitamos ayuda. Nos acostumbramos a demostrar competencia, mantener el control y proteger una imagen de suficiencia.
Esa actitud puede trasladarse a la vida espiritual. Podemos pensar que el servicio realizado o los años en la iglesia nos hacen superiores a otros.
Recibir como un niño nos invita a reconocer nuestra dependencia y a descansar en la generosidad del Padre.
Esto no elimina las preguntas ni exige renunciar al discernimiento. Podemos acercarnos a Dios con confianza y continuar aprendiendo, examinando y buscando comprender su Palabra.
La humildad reconoce la necesidad y permanece dispuesta a aprender.
4. La infancia no necesita ser idealizada para ser valorada
Al explicar estas palabras de Jesús, conviene evitar afirmaciones que presentan a todos los niños como perfectamente confiados, sencillos o inocentes en cada una de sus acciones.
Los niños tienen personalidades diferentes. Algunos se muestran abiertos; otros son cautelosos. Algunos confían con facilidad; otros han vivido experiencias que les dificultan sentirse seguros.
También pueden experimentar enojo, egoísmo, miedo o celos. Necesitan formación y acompañamiento, como corresponde a su etapa de desarrollo.
Su valor permanece en medio de esas diferencias.
La confianza no debe exigirse
Un niño que se muestra reservado no tiene necesariamente menos fe. Tal vez necesita conocer mejor a las personas, comprender lo que sucederá o comprobar que sus límites serán respetados.
Como maestros, podemos construir confianza mediante la constancia: cumplir lo que prometemos, explicar nuestras decisiones y responder con respeto.
El perdón no borra automáticamente el dolor
Tampoco debemos afirmar que los niños siempre perdonan y olvidan. Pueden conservar recuerdos dolorosos y necesitar apoyo para comprender lo que vivieron.
Enseñar el perdón requiere sensibilidad. Nunca debe utilizarse para exigir silencio, evitar responsabilidades o forzar una relación con alguien que continúa haciendo daño.
Acompañar la fe de un niño incluye tomar en serio sus emociones y su necesidad de protección.
5. Un niño en medio de la pregunta por la grandeza
En Mateo 18, los discípulos preguntaron quién era el mayor en el Reino de los cielos.
Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les enseñó acerca de la humildad.
La escena dirige la atención hacia alguien que dependía del cuidado de otros y que no ocupaba una posición de autoridad entre los discípulos.
Jesús confrontó sus aspiraciones de grandeza mediante una lección que podían ver delante de ellos.
Una enseñanza para nuestros equipos
La búsqueda de reconocimiento también puede aparecer en el ministerio infantil. Podemos comparar grupos, competir por visibilidad o medir el valor del servicio por los elogios recibidos.
La enseñanza de Jesús nos invita a examinar nuestras motivaciones.
La humildad se practica cuando compartimos responsabilidades, reconocemos el trabajo de otros y aceptamos correcciones útiles.
También se expresa al realizar tareas poco visibles: preparar materiales, ordenar el salón, acompañar a un niño que necesita apoyo o conversar con una familia después de la clase.
El bienestar de los niños debe orientar el trabajo del equipo.
6. Recibir a un niño en el nombre de Jesús
Mateo 18:5 relaciona la acogida de un niño en el nombre de Jesús con la acogida del propio Señor.
Estas palabras dan profundidad espiritual a una responsabilidad cotidiana. La manera en que recibimos a los pequeños importa en nuestra relación con Cristo.
Recibir es reconocer su presencia
Aprender su nombre, notar su ausencia y recordar algo que nos contó comunica interés.
Una comunidad puede tener excelentes materiales y, aun así, dejar a un niño sintiéndose invisible. La atención personal ayuda a que encuentre pertenencia.
Recibir es preparar la enseñanza
La preparación expresa respeto por quienes aprenderán. Implica estudiar el pasaje, identificar su mensaje y elegir una explicación comprensible.
También requiere considerar la duración, los materiales y las formas de participación.
Una actividad vistosa necesita estar al servicio del aprendizaje. La pregunta central sigue siendo: “¿Cómo ayudará esto a los niños a comprender y responder a la enseñanza bíblica?”.
Recibir es incluir
Los niños llegan con distintas capacidades, experiencias familiares y posibilidades económicas.
Podemos revisar si nuestras actividades exigen recursos que algunas familias no tienen o si nuestros ejemplos hacen sentir excluidos a quienes viven circunstancias diferentes.
La inclusión suele requerir ajustes concretos y conversaciones respetuosas con sus cuidadores.
Recibir es cuidar
La acogida también incluye supervisión, espacios adecuados, comunicación clara y una respuesta responsable ante las preocupaciones.
Una bienvenida completa se sostiene durante toda la experiencia del niño en la comunidad.
7. Una advertencia sobre nuestra influencia
Después de hablar de recibir a un niño, Mateo 18 presenta una seria advertencia acerca de hacer tropezar a los pequeños que creen en Jesús.
La expresión “pequeños” tiene un alcance más amplio en el capítulo, pero la cercanía con la escena del niño refuerza la necesidad de actuar responsablemente hacia quienes son vulnerables.
Quienes enseñamos ejercemos influencia mediante nuestras explicaciones y nuestro trato.
Por eso, necesitamos revisar qué imagen de Dios puede estar recibiendo un niño cuando corregimos, respondemos una pregunta o afrontamos un conflicto.
Corregir para orientar
Los límites son necesarios. Ayudan a convivir y permiten desarrollar las actividades con respeto.
Podemos establecerlos con claridad: explicar la conducta esperada, intervenir oportunamente y ofrecer una oportunidad para reparar el daño.
Conviene evitar etiquetas como “eres malo”, “siempre arruinas todo” o “nunca vas a aprender”. Es más útil describir lo ocurrido y orientar una respuesta: “Ese comentario lastimó a tu compañero; vamos a pensar cómo repararlo”.
Reconocer nuestros errores
Si hablamos con dureza o juzgamos apresuradamente, podemos reconocerlo y pedir disculpas.
Hacerlo enseña responsabilidad. También demuestra que la autoridad puede ejercerse con humildad.
8. La voz de los niños merece espacio
Una iglesia que recibe a la niñez necesita escucharla.
Podemos preguntar qué les ayuda a aprender, qué actividad les resulta difícil y qué dudas tienen acerca de la Biblia.
Escuchar no significa trasladarles decisiones que corresponden a los adultos. Significa tomar en cuenta su experiencia para ejercer mejor nuestra responsabilidad.
También necesitamos permitir que un niño diga “no entendí” o “eso me incomoda”.
La participación crece cuando las preguntas y observaciones reciben una respuesta respetuosa.
9. Una prioridad que se expresa en decisiones
Tomar en serio a la niñez requiere continuidad.
La iglesia puede expresar ese compromiso al preparar maestros, acompañar a las familias, revisar sus prácticas de cuidado y asignar recursos adecuados.
El equipo también necesita apoyo. Una persona agotada y sin orientación tendrá mayores dificultades para responder con paciencia.
Cuidar a quienes sirven favorece el cuidado de los niños: distribuir tareas, ofrecer formación y mantener espacios de conversación ayuda a sostener el ministerio.
Los pequeños pueden participar en la vida comunitaria mediante acciones apropiadas para su edad: orar voluntariamente, compartir algo aprendido o colaborar en una tarea sencilla.
Su participación necesita acompañamiento y libertad para expresarse sin presión.
10. Actividad para maestros: “Mirar nuestra clase desde la infancia”
Propósito: identificar una mejora concreta en la experiencia de los niños.
- Lean juntos Lucas 18:15–17 y Marcos 10:13–16.
- Describan lo que encuentra un niño desde que llega hasta que se retira.
- Identifiquen un momento en el que pueda sentirse confundido, excluido o poco acompañado.
- Propongan un ajuste realizable.
- Acuerden quién lo organizará y cuándo revisarán su resultado.
Puede tratarse de mejorar la bienvenida, simplificar instrucciones, adaptar una actividad o distribuir mejor la atención del equipo.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿Qué actitudes mías facilitan que los niños se acerquen y participen?
- ¿Qué expectativas necesitan ajustarse a su edad?
- ¿Cómo respondo cuando alguien aprende de manera diferente?
- ¿Estoy dispuesto a reconocer un error?
- ¿Mi manera de servir expresa humildad?
- ¿Qué acción puedo tomar esta semana para acompañar mejor a un niño?
Una invitación a recibir con el corazón y con nuestras acciones
Jesús recibió a los niños y pidió a sus discípulos que dejaran de impedir su acercamiento. También los utilizó como referencia para enseñar humildad y dependencia de Dios.
Su ejemplo nos llama a revisar nuestras actitudes y prácticas.
Que cada niño encuentre adultos dispuestos a escucharlo, enseñarle con paciencia y tomar en serio su bienestar. Que pueda conocer la Palabra, expresar sus preguntas y crecer acompañado.
Recibir a los niños en el nombre de Jesús compromete nuestro tiempo, nuestras decisiones y nuestra manera de servir.
Oración final
Señor Jesús, gracias por recibir y bendecir a los niños. Enséñanos a acercarnos a ti con humildad y a depender de tu gracia.
Ayúdanos a reconocer las barreras que podemos estar poniendo. Danos paciencia para enseñar, sensibilidad para escuchar y sabiduría para cuidar.
Fortalece a las familias y a quienes sirven en la Escuela Dominical. Que nuestra comunidad ofrezca a cada niño respeto, protección y oportunidades para conocerte.
En tu nombre. Amén.
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