Tentado… no cedas

Tentado… no cedas por Aldo Alterio

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Tentado… no cedas

Ningún cristiano jamás se ha sentido lejos de su alcance, pero Dios sabe como
librarnos de sus insinuaciones secretas y perversas.
La palabra tentación tiene un significado distinto para cada persona. Algunos tienen
problemas para controlar su lengua, en tanto que otros batallan con el impulso de usar
drogas o de consumir demasiado alcohol. Muchos luchan una guerra secreta con sus
apetitos sexuales.
No importa con lo que usted esté luchando, sepa que no está solo, que no es la única
persona que tiene dificultades para tomar las decisiones correctas. La tentación ha sido
definida como “la atracción a cometer un acto imprudente o inmoral, especialmente por una
recompensa ofrecida (o percibida)”. Eso es lo que hace que el proceso de tomar una
decisión produzca mucha tensión. La buena opción puede parecer poco atractiva
superficialmente, en tanto que la negativa tiene un atractivo especial.
Sentimos tensión cuando estamos decidiendo entre lo que debemos y lo que no debemos
hacer. Esta lucha no es imaginaria; el cuestionamiento “debo o no debo” no es un ejercicio
intelectual aislado. Se está librando una verdadera guerra dentro de nosotros. La raíz de
este conflicto se llama pecado. Por naturaleza todos hemos nacido pecadores y estamos
separados de Dios; es decir, tenemos un deseo nato de vivir como queremos en lugar de
hacerlo como Dios lo prescribe. La única solución para esta separación de Dios está en su
Hijo Jesucristo que murió en la cruz para pagar el castigo por el pecado y reconciliarnos
con Dios (Romanos 6:23; Juan 3:16).
¿Por qué parece tan bueno?
Cuando aceptamos el hecho de que Cristo ya pagó por el pecado y confiamos en él como
salvador, oficialmente hemos muerto al pecado. ¿Qué quiere decir esto? Haber muerto
significa que el pecado ya no tiene poder para forzarnos a hacer o pensar lo malo (Romanos
6:1-3, 10-14). Por supuesto que el pecado todavía existe como influencia, pero su reinado
ha sido destruido; tiene acceso a nosotros, pero no autoridad sobre nosotros. Somos libres
para optar en contra del pecado; su dominio ha sido destrozado. Como creyentes, somos
libres para decir “No”. En Cristo tenemos una vida nueva y un espíritu nuevo (2 Corintios2
5:17). El Espíritu Santo que habita en nosotros desde el momento en que depositamos
nuestra confianza en Jesús, nos capacita para elegir la obediencia en lugar de la rebeldía.
Aun así, la atracción hacia el pecado a veces puede ser demasiado fuerte.
El atractivo es real
Es importante entender que nuestros deseos naturales nos fueron dados por Dios y que son
legítimos. Por ejemplo, no hay nada malo en querer comer. Pero cuando queremos comer
más, o menos, de lo que debemos, o cuando queremos estar a la moda, pero de manera que
perjudica nuestro cuerpo, el deseo es ilegítimo. Siempre que sobrepasemos los límites de
amor que Dios ha estipulado entramos en terreno pecaminoso.
La primera reacción cuando caemos en tentación es culpar a otra persona o atribuirlo a
defectos de nuestra personalidad. “Mi amigo me empujó a hacerlo”, tratamos de explicar; o:
“Así me educaron mis padres; no puedo evitarlo”. Esa táctica de desviar la culpa hacia los
demás no es nueva. Cuando Dios buscó al hombre en el Huerto del Edén, después que éste
consumó su pecado, Adán culpó a Eva (Génesis 3:12).
¿Por qué hacemos esto? Es difícil admitir que el problema está en nosotros. Es probable
que muchas veces hayamos oído la excusa: “El diablo me obligó a hacerlo”, y que nosotros
mismos la hayamos usado. En efecto, frecuentemente Satanás juega un papel en la
tentación; pero muchas veces esa frase simplemente no es verdad.
Satanás jamás puede obligarnos a hacer. Su poder se limita a la manipulación y el engaño
(2 Corintios 11:3); Juan 8:44). Puede impulsarnos a tener muchos deseos de hacer o decir
algo, pero literalmente no puede forzarnos a hacerlo. Sí, Satanás es un enemigo formidable
y su intención de hacernos caer en sus trampas y sus lazos nunca cambia. El Señor Jesús
nos advirtió: “… él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad,
porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y
padre de mentira” (Juan 8:44). La palabra de Dios en 1 Tesalonicenses 3:5 y Mateo 4:3 se
refiere a Satanás como el tentador, el responsable de inducir a muchos a descarriarse.
Constantemente busca nuestros puntos débiles y vulnerables y los explota cuando tiene
oportunidad de hacerlo (1 Pedro 5:8). No obstante, como nos asegura Job 1:12, sus
facultades son limitadas por Dios.
Por otra parte, Dios no nos tienta a pecar; su carácter no le permite hacerlo. De ninguna
manera puede el Dios santo y todopoderoso estar asociado con el pecado. Santiago 1:13-14
dice: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no
puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de
su propia concupiscencia es atraído y seducido”.
No importan ni la presión, ni los incentivos, ni los detalles atractivos, la Escritura dice
claramente que nosotros somos los responsables de nuestro pecado y nadie más.
Cuando somos tentados, podemos decir sí o no; la decisión es nuestra. Y pese a la
influencia fuerte y negativa de la tentación podemos hacer la elección correcta con la
ayuda de Dios. Al reconocer la verdadera naturaleza del conflicto, estamos
preparados para poner la palabra de Dios en acción ante cualquier desafío.

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