“No somos un ministerio grande, pero sí somos un gran ministerio”

No etiquetes al niño: describe la conducta y acompaña su proceso

En la Escuela Dominical no solamente enseñamos historias bíblicas; también ayudamos a formar la manera en que cada niño se percibe a sí mismo. Por eso, las palabras que utilizamos al observar, corregir o registrar su conducta pueden convertirse en una fuente de crecimiento o en una etiqueta difícil de quitar.

Decir “es desobediente”, “es problemático”, “es flojo” o “es tímida” parece una manera rápida de explicar lo ocurrido. Sin embargo, estas expresiones no describen una conducta específica: definen al niño. Con el tiempo, puede comenzar a creer que esa etiqueta representa su identidad.

La conducta puede cambiar; la etiqueta pretende definir.

Dios ve más que una conducta

La Biblia nos recuerda que las personas solemos mirar lo exterior, pero Dios conoce el corazón:

“La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón.”
1 Samuel 16:7, TLA

Esto no significa ignorar las conductas incorrectas. El maestro debe corregir, establecer límites y proteger el ambiente de aprendizaje. Pero puede hacerlo sin humillar ni reducir al niño a lo que hizo durante un momento difícil.

Un niño que interrumpe no es “el problemático”. Es un niño que, en determinada situación, tuvo dificultad para esperar su turno. Una niña que permanece en silencio no necesariamente “es tímida”; quizá necesita más tiempo para sentirse segura. Un alumno que no completa una actividad no es “flojo”; posiblemente no entendió la instrucción, se frustró o necesita otro tipo de acompañamiento.

Observar con respeto también es valorar sus procesos.

De la etiqueta a la observación

Una observación útil debe responder:

  • ¿Qué ocurrió?
  • ¿Cuándo sucedió?
  • ¿Qué hizo exactamente el niño?
  • ¿Qué sucedió antes y después?
  • ¿Qué apoyo recibió?
  • ¿Cómo respondió a ese acompañamiento?

Evitemos interpretar intenciones que no podemos comprobar. En lugar de registrar opiniones, describamos hechos observables.

Evitemos decir

Podemos registrar

“Es distraído.”

“Dejó la actividad de construcción y se dirigió al rincón de lectura.”

“Es tímida.”

“Observó al grupo durante varios minutos y participó cuando una compañera la invitó.”

“Es desordenado.”

“Al finalizar la actividad, dejó los materiales sobre la mesa.”

“Es desobediente.”

“Después de recibir la indicación, continuó corriendo dentro del salón.”

“Es agresivo.”

“Durante el juego, empujó a un compañero cuando ambos intentaron tomar el mismo objeto.”

“Es flojo.”

“No comenzó la actividad y expresó que no había entendido la instrucción.”

“Es problemático.”

“Interrumpió tres veces mientras otro compañero hablaba.”

“No le interesa la Biblia.”

“Durante la narración conversó con otro niño y no respondió las preguntas finales.”

La segunda forma permite comprender la situación, identificar patrones y planear una intervención adecuada. La etiqueta, en cambio, condena sin explicar.

Corregir sin atacar la identidad

Existe una gran diferencia entre decir:

“Eres un niño desobediente.”

y decir:

“Lo que hiciste no fue correcto. En nuestro grupo escuchamos las instrucciones para cuidarnos unos a otros. Puedes intentarlo nuevamente.”

La primera frase ataca la identidad; la segunda señala la conducta, recuerda el límite y ofrece una oportunidad para corregirla.

Una corrección saludable puede seguir cuatro pasos:

  1. Describe: “Tomaste el material de tu compañero sin pedirlo”.
  2. Explica: “Eso lo hizo sentir incómodo y puede provocar una discusión”.
  3. Enseña: “Puedes decir: ‘¿Me lo prestas cuando termines?’”.
  4. Restaura: “Devuélvelo, discúlpate y vuelve a intentarlo de la manera correcta”.

La disciplina bíblica busca restaurar, enseñar y guiar, no avergonzar.

Antes de juzgar, debemos comprender

Detrás de una conducta puede existir una necesidad que el niño aún no sabe expresar:

  • Cansancio o hambre.
  • Dificultad para comprender la instrucción.
  • Necesidad de movimiento.
  • Temor a equivocarse.
  • Problemas de lenguaje o aprendizaje.
  • Situaciones familiares difíciles.
  • Necesidad de atención o pertenencia.
  • Sensibilidad al ruido, la luz o el contacto.
  • Falta de habilidades para resolver conflictos.

Comprender la causa no significa justificar una conducta dañina. Significa intervenir con mayor sabiduría. Podemos mantener el límite y, al mismo tiempo, mostrar compasión.

Palabras que edifican

Pablo enseñó:

“No digan malas palabras. Al contrario, digan siempre cosas buenas, que ayuden a los demás a crecer espiritualmente.”
Efesios 4:29, TLA

Este principio también se aplica a nuestras conversaciones sobre los niños. Debemos cuidar lo que decimos delante de ellos, de sus compañeros, de otros maestros y de sus familias.

Evitemos frases como:

  • “Siempre hace lo mismo”.
  • “Nunca entiende”.
  • “Es imposible trabajar con él”.
  • “Ya sabemos cómo es”.
  • “Su hermano sí se porta bien”.
  • “Con ella no se puede”.

Podemos reemplazarlas por expresiones que reconozcan el proceso:

  • “Todavía está aprendiendo a esperar su turno”.
  • “Necesita instrucciones más breves”.
  • “Hoy logró permanecer más tiempo en la actividad”.
  • “Respondió bien cuando le dimos una tarea específica”.
  • “Vamos a probar una estrategia diferente”.
  • “Necesita acompañamiento, límites claros y constancia”.

Los registros deben servir para ayudar

Registrar observaciones puede ser útil para dar seguimiento, conversar con la familia y mejorar la enseñanza. Pero esos registros deben ser:

  • Objetivos y respetuosos.
  • Confidenciales.
  • Basados en hechos, no rumores.
  • Libres de diagnósticos improvisados.
  • Compartidos únicamente con las personas responsables.
  • Orientados a encontrar apoyos y soluciones.

El maestro de Escuela Dominical no debe diagnosticar trastornos ni comentar públicamente situaciones personales. Cuando una conducta es frecuente, intensa o representa un riesgo, debe informar al coordinador y conversar prudentemente con la familia, siguiendo las normas de protección infantil de la iglesia.

Una mirada de gracia y verdad

Mirar al niño con gracia no significa permitirlo todo. La gracia sin verdad deja al niño sin dirección; la verdad sin gracia puede lastimarlo. Necesitamos ambas:

  • Verdad: “Esta conducta no es correcta”.
  • Gracia: “No dejaré de amarte ni de acompañarte mientras aprendes”.

El niño necesita saber que cometió un error, pero que su error no determina todo lo que es. Necesita límites seguros y también nuevas oportunidades.

Preguntas para el maestro

Antes de registrar o comentar una conducta, preguntémonos:

  1. ¿Estoy describiendo un hecho o emitiendo un juicio?
  2. ¿Podría comprobarse lo que escribí?
  3. ¿Estas palabras ayudarán a comprender y acompañar al niño?
  4. ¿Estoy hablando de la conducta o atacando su identidad?
  5. ¿He considerado qué necesidad podría estar comunicando?
  6. ¿He reconocido también sus avances y fortalezas?
  7. ¿Cómo me gustaría que hablaran de mí en una situación similar?

Conclusión

Cada niño que entra al salón de Escuela Dominical se encuentra en proceso. Algunos aprenderán rápidamente; otros necesitarán más tiempo, paciencia, estructura y acompañamiento. Nuestra responsabilidad no es fijarles una etiqueta, sino ayudarlos a crecer.

No digamos: “Así es este niño”.

Preguntemos: “¿Qué ocurrió, qué necesita y cómo puedo ayudarlo?”

Un buen maestro no solamente observa lo que el niño hizo hoy; también reconoce, por la gracia de Dios, aquello en lo que puede llegar a convertirse.

Describe lo que ocurrió. Corrige con amor. Reconoce los avances. Acompaña el proceso. Nunca conviertas una conducta momentánea en la identidad permanente de un niño.

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