
CUANDO ENSEÑAMOS A UN NIÑO, TAMBIÉN ESTAMOS TOCANDO SU FUTURO
Una reflexión para maestros de Escuela Dominical
La frase de la imagen nos confronta con una realidad importante: lo que un niño vive durante su infancia puede dejar huellas profundas en la manera en que aprende a relacionarse consigo mismo, con los demás y aun con Dios.
Por eso, servir en la Escuela Dominical es mucho más que preparar una manualidad, contar una historia bíblica o mantener a los niños ocupados durante el culto. Cada domingo entran a nuestras aulas niños que están formando su identidad, su manera de entender el amor, la autoridad, la confianza, el perdón y la seguridad.
El maestro cristiano tiene entonces una oportunidad extraordinaria: convertirse en una presencia que refleje el carácter de Cristo.
“Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.”
Mateo 18:5
La infancia importa
Los niños no solamente recuerdan lo que les enseñamos; también recuerdan cómo los hicimos sentir.
Tal vez olviden el nombre de una dinámica o los detalles de una manualidad, pero pueden recordar durante muchos años al maestro que los recibió con alegría, que escuchó sus preguntas, que tuvo paciencia con sus errores o que les hizo sentir que eran importantes.
También ocurre lo contrario. Las palabras duras, las burlas, las comparaciones, la humillación pública o una disciplina aplicada sin amor pueden afectar profundamente a un niño.
Por eso, enseñar la Biblia exige algo más que conocimiento: requiere sabiduría, sensibilidad y amor.
Jesús nos mostró cómo tratar a los niños
Cuando algunos adultos intentaron impedir que los niños se acercaran a Jesús, Él reaccionó de una manera muy diferente.
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis.”
Marcos 10:14
Jesús no consideró a los niños una molestia ni una interrupción. Los recibió, los tomó en sus brazos y los bendijo.
Ese modelo debe inspirar nuestra Escuela Dominical.
El niño que habla demasiado, el que permanece callado, el que tiene dificultades para obedecer, el que llega desanimado o el que necesita más atención sigue siendo un niño al que Cristo quiere acercar a Él.
Nuestra tarea no consiste únicamente en controlar su comportamiento. Nuestro llamado es ayudarlo a encontrarse con Jesús.
Antes de corregir una conducta, aprendamos a mirar al niño
A veces interpretamos rápidamente ciertas conductas como falta de disciplina.
“Ese niño es rebelde.”
“Ella nunca pone atención.”
“Él siempre quiere llamar la atención.”
Pero detrás de una conducta puede existir una necesidad que todavía no comprendemos.
El maestro sabio aprende a observar antes de etiquetar.
En lugar de preguntarnos solamente:
“¿Por qué se está portando así?”
podemos aprender a preguntarnos:
“¿Qué estará necesitando este niño y cómo puedo ayudarlo sin dejar de establecer límites?”
Esto no significa permitir cualquier comportamiento. Los niños necesitan límites claros. Pero la disciplina cristiana debe enseñar, restaurar y orientar, no avergonzar.
La Escuela Dominical puede convertirse en un lugar seguro
Para algunos niños, la iglesia puede llegar a ser uno de los espacios donde experimenten de manera especial el respeto, la aceptación y el acompañamiento.
Por eso, nuestras aulas deberían comunicar:
Aquí eres bienvenido.
Aquí puedes aprender.
Aquí puedes preguntar.
Aquí serás tratado con respeto.
Aquí queremos ayudarte a conocer a Jesús.
Un ambiente así no se construye solamente con decoraciones bonitas. Se construye mediante relaciones saludables.
Siete decisiones de un maestro que cuida el corazón del niño
- Escuchar antes de juzgar. Algunas conductas necesitan conversación antes que corrección.
- Corregir sin humillar. Nunca usemos burlas, gritos o comparaciones como herramientas de disciplina.
- Llamar al niño por su nombre. Ser conocido y reconocido comunica valor.
- Celebrar el esfuerzo, no solamente el resultado.
- Evitar etiquetas. Un niño puede cometer una mala acción sin convertirse en “el niño malo”.
- Ser un adulto confiable. Cumplamos nuestras palabras y mantengamos límites apropiados.
- Mostrar a Cristo con nuestra manera de tratarlo. Nuestra conducta también forma parte de la lección.
No podemos sanar todo, pero sí podemos evitar aumentar las heridas
El maestro de Escuela Dominical no es terapeuta ni debe intentar resolver situaciones que requieren ayuda profesional o intervención de responsables de protección infantil.
Pero sí puede hacer algo muy importante: no añadir nuevas heridas.
Podemos cuidar nuestras palabras.
Podemos aprender a escuchar.
Podemos comunicar cualquier situación preocupante a los responsables correspondientes.
Podemos respetar los protocolos de seguridad de la iglesia.
Y podemos acompañar al niño con oración, amor y prudencia.
Cuando un niño revela una situación de abuso, violencia o peligro, el maestro no debe investigarla por su cuenta ni prometer guardar el secreto. Debe seguir inmediatamente los protocolos de protección infantil y comunicarlo a las personas responsables de acuerdo con las normas de su iglesia y las leyes aplicables.
Nuestra enseñanza debe ayudar al niño a conocer el corazón de Dios
Muchos niños forman parte de su primera comprensión de Dios observando a los adultos cristianos que los rodean.
Si hablamos constantemente del amor de Dios pero tratamos al niño con dureza, nuestro comportamiento contradice nuestra enseñanza.
Si enseñamos que Dios escucha, debemos aprender a escuchar.
Si enseñamos que Dios perdona, debemos enseñar restauración.
Si enseñamos que Dios es paciente, debemos practicar paciencia.
Si enseñamos que cada persona tiene valor delante de Dios, ningún niño debería sentirse invisible dentro de nuestra clase.
La enseñanza más poderosa ocurre cuando nuestras palabras y nuestro trato cuentan la misma historia.
Maestro, estás sembrando más de lo que puedes ver
Quizá nunca conozcas completamente el impacto de una palabra amable, una oración, una conversación después de clase o una bienvenida constante.
Puede parecer algo pequeño.
Pero para un niño puede convertirse en un recuerdo que diga:
“Hubo alguien que creyó en mí.”
“Hubo alguien que me escuchó.”
“Hubo alguien que me mostró que Jesús me ama.”
Por eso, cuando enseñamos a un niño, no estamos trabajando solamente para el próximo domingo.
Estamos sembrando en su presente y, de alguna manera, también en su futuro.
PARA RECORDAR
No enseñemos solamente una lección bíblica. Ayudemos a construir un ambiente donde el niño pueda conocer la verdad, experimentar amor y crecer como discípulo de Jesús.
Porque una Escuela Dominical saludable no solamente pregunta:
“¿Qué aprendieron hoy los niños?”
También pregunta:
“¿Cómo fueron tratados mientras aprendían?”
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