
Guía para la reverencia
Cómo transformar el templo en un espacio de encuentro real con Dios
Enseñar reverencia a los niños es uno de los desafíos más frecuentes para padres, maestros y líderes del Ministerio Infantil. Durante el culto podemos observar pequeños que conversan, se levantan constantemente, juegan, corren por los pasillos o pierden rápidamente la atención. Frente a estas situaciones, los adultos pueden sentirse frustrados y pensar que la única solución es exigir silencio absoluto.
Sin embargo, la reverencia bíblica es mucho más profunda que mantener a un niño sentado y callado. Un niño puede estar inmóvil y, al mismo tiempo, tener su mente completamente alejada de lo que sucede. También puede necesitar moverse un poco y, aun así, estar escuchando, aprendiendo y respondiendo a Dios.
La reverencia comienza en el corazón. Es una actitud de amor, respeto, admiración y reconocimiento de quién es Dios. Se manifiesta en la manera en que entramos al templo, participamos en la adoración, escuchamos la Palabra, tratamos a las personas y cuidamos el lugar donde nos congregamos.
Por esta razón, nuestra meta no debe ser simplemente conseguir niños silenciosos, sino formar verdaderos adoradores.
1. ¿Qué es realmente la reverencia?
La reverencia es la respuesta de una persona que reconoce la grandeza, la santidad, el amor y la autoridad de Dios. No se trata solamente de bajar la voz, cerrar los ojos o permanecer quietos. Es comprender que estamos delante del Señor y que Él merece toda nuestra atención y adoración.
Podemos explicárselo a los niños de esta manera:
“Ser reverente significa demostrarle a Dios, con nuestro corazón y nuestras acciones, que lo amamos, lo respetamos y queremos escucharlo.”
La reverencia incluye elementos visibles, como caminar con calma, escuchar y hablar en voz baja cuando sea necesario; pero también comprende actitudes interiores:
- Amar a Dios.
- Reconocer su grandeza.
- Escuchar con disposición.
- Obedecer su Palabra.
- Participar con alegría.
- Respetar a las demás personas.
- Cuidar el lugar de reunión.
- Evitar distraer intencionalmente a otros.
Por lo tanto, la reverencia no es pasividad. Un niño que canta, responde preguntas, busca un texto en su Biblia, participa en una oración o expresa con entusiasmo lo que aprendió también está mostrando reverencia.
2. La reverencia nace de conocer a Dios
No podemos esperar que un niño valore la adoración si nunca le explicamos quién es Dios y por qué nos reunimos. Las reglas, por sí solas, pueden controlar temporalmente el comportamiento, pero solamente el conocimiento de Dios puede transformar el corazón.
Los niños necesitan saber que Dios:
- Es nuestro Creador.
- Es santo y digno de adoración.
- Nos ama y desea relacionarse con nosotros.
- Envió a Jesucristo para salvarnos.
- Nos habla por medio de su Palabra.
- Escucha nuestras oraciones.
- Está presente cuando su pueblo se reúne.
- Desea que nos acerquemos a Él con confianza y respeto.
Cuando un niño comprende estas verdades, comienza a entender que el culto no es simplemente una actividad organizada por adultos. Es una oportunidad para conocer a Dios, agradecerle, adorarlo y aprender a vivir conforme a su voluntad.
«Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor».
—Salmo 95:6
La reverencia no debe presentarse como temor a recibir un castigo, sino como una respuesta de amor ante la grandeza y bondad del Señor.
3. Reverencia no significa tristeza
En algunos contextos, se ha relacionado la reverencia exclusivamente con rostros serios, silencio absoluto y ausencia de movimiento. Esto puede hacer que los niños lleguen a pensar que acercarse a Dios es una experiencia pesada, aburrida o desagradable.
La Biblia también relaciona la adoración con alegría, celebración y gratitud:
«Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos».
—Salmo 122:1
Podemos adorar a Dios con solemnidad, pero también con gozo. Los niños pueden cantar, levantar sus manos, expresar gratitud, participar en una dinámica bíblica y celebrar lo que Dios ha hecho. El entusiasmo no es contrario a la reverencia mientras exista orden, respeto y un propósito espiritual.
Debemos enseñarles que hay momentos diferentes durante la reunión:
- Momentos para cantar con alegría.
- Momentos para permanecer en silencio.
- Momentos para escuchar atentamente.
- Momentos para responder y participar.
- Momentos para orar.
- Momentos para reflexionar.
- Momentos para conversar sobre lo aprendido.
La reverencia consiste en reconocer cada momento y responder adecuadamente.
4. La Iglesia y el templo: una diferencia importante
Es importante utilizar correctamente las palabras y enseñarles a los niños una verdad bíblica fundamental:
La Iglesia no es únicamente el edificio. La Iglesia está formada por las personas que han creído en Jesucristo y pertenecen a Él.
La Biblia presenta a los creyentes como el cuerpo de Cristo:
«Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular».
—1 Corintios 12:27
También enseña que los creyentes son templo del Espíritu Santo:
«¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?».
—1 Corintios 3:16
El edificio donde nos reunimos no es la Iglesia en el sentido completo de la palabra. Sin embargo, es un espacio dedicado a la adoración, la enseñanza, la oración, la comunión y el servicio. Por eso, merece nuestro cuidado y respeto.
Podemos decirles a los niños:
“La Iglesia somos las personas que seguimos a Jesús. El templo es el lugar que hemos preparado para reunirnos, adorar a Dios y aprender juntos su Palabra.”
Aunque Dios puede escucharnos en cualquier lugar, debemos saber cómo comportarnos cuando su pueblo se reúne:
«Para que, si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente».
—1 Timoteo 3:15
5. El templo como espacio de encuentro
Los niños necesitan comprender para qué existe el lugar donde se congregan. Si solamente reciben prohibiciones —“no corras”, “no hables”, “no juegues”, “no te levantes”— pueden llegar a relacionar el templo con un espacio en el que todo está prohibido.
Debemos enseñar primero el propósito:
- Venimos a adorar a Dios.
- Venimos a escuchar su Palabra.
- Venimos a orar unos por otros.
- Venimos a aprender a seguir a Jesús.
- Venimos a convivir con la familia de la fe.
- Venimos a servir con los dones que Dios nos dio.
- Venimos a animarnos y ayudarnos mutuamente.
Cuando el propósito está claro, las normas adquieren sentido. No caminamos con calma porque el edificio sea un museo, sino porque deseamos cuidar a otros y evitar distracciones. No guardamos el teléfono solamente porque esté prohibido, sino porque queremos prestar atención a Dios.
La regla deja de ser una imposición y se convierte en una expresión de amor.
6. La sabiduría de los niños: el caso del juguete
En cierta ocasión, una tía quiso darle una muñeca a su sobrina para que se entretuviera durante el culto. Antes de que la niña comenzara a jugar, un niño mayor comentó con sencillez que habían venido a adorar a Dios, no solamente a jugar.
Este ejemplo demuestra que los niños pueden comprender el propósito de la reunión cuando se les enseña con claridad. También muestra que los mayores pueden convertirse en buenos mentores para los más pequeños.
No obstante, esta experiencia no debe utilizarse para condenar automáticamente cualquier recurso infantil. Debemos distinguir entre un juguete que distrae y un material que ayuda al niño a participar.
Por ejemplo, algunos niños pequeños pueden beneficiarse de:
- Una Biblia ilustrada.
- Una hoja para dibujar algo relacionado con la enseñanza.
- Tarjetas con imágenes bíblicas.
- Un cuaderno para escribir lo aprendido.
- Un recurso sensorial silencioso.
- Una actividad sencilla vinculada con el mensaje.
- Un objeto discreto que los ayude a autorregularse.
Los bebés, los niños de corta edad y aquellos con necesidades particulares pueden requerir apoyo adicional. La reverencia debe enseñarse tomando en cuenta la edad, el desarrollo, la capacidad de atención y las necesidades individuales.
El propósito nunca debe ser avergonzar al niño, sino acompañarlo en su crecimiento.
7. Reverencia incluso cuando no hay culto
El cuidado del templo no debe comenzar cuando inicia la música ni terminar después de la oración final. Aunque el edificio no posee santidad en sí mismo como si Dios estuviera encerrado entre sus paredes, ha sido dedicado para el servicio de la congregación y debe tratarse responsablemente.
Por eso debemos enseñar a los niños a:
- No dañar las sillas, paredes o instrumentos.
- No lanzar piedras u objetos.
- No correr en lugares peligrosos.
- No jugar con equipos de sonido.
- No entrar sin permiso en espacios restringidos.
- No dejar basura.
- Devolver los materiales a su lugar.
- Cuidar las Biblias y los recursos del ministerio.
- Respetar a quienes limpian y preparan el templo.
«Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie».
—Eclesiastés 5:1
Este texto nos invita a acercarnos con atención y sensatez. Cuidar el lugar de reunión también es una manera de amar al prójimo. Lo que dañamos deberá ser reparado por alguien; lo que dejamos desordenado deberá ser recogido por otra persona.
La reverencia también se expresa mediante la responsabilidad.
8. Quitarnos las “sandalias” modernas
Cuando Moisés se acercó a la zarza ardiente, Dios le dijo:
«Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es».
—Éxodo 3:5
Aquel acontecimiento fue una manifestación especial de la presencia de Dios. No significa que hoy debamos quitarnos literalmente los zapatos para entrar al templo. Sin embargo, puede ayudarnos a reflexionar sobre las distracciones que llevamos con nosotros.
Nuestras “sandalias modernas” pueden ser:
- El teléfono celular.
- Las conversaciones innecesarias.
- Los juegos electrónicos.
- La preocupación excesiva.
- La prisa.
- El deseo de llamar la atención.
- La falta de preparación.
- La indiferencia hacia la Palabra.
- La costumbre de llegar tarde.
- La actitud de asistir solamente por obligación.
Quitarnos esas “sandalias” significa hacer una pausa y preparar intencionalmente nuestro corazón.
Antes de entrar podemos orar:
“Señor, ayúdame a dejar las distracciones. Prepara mi corazón para adorarte, escuchar tu Palabra y responder con obediencia.”
9. La reverencia comienza antes de llegar
Muchas dificultades durante el culto pueden prevenirse con una buena preparación en casa. Si la familia sale apresurada, discutiendo, sin desayunar o sin haber preparado los materiales necesarios, probablemente llegará alterada.
Los padres pueden ayudar de las siguientes maneras:
La noche anterior
- Preparar la ropa.
- Localizar las Biblias.
- Dejar listos los materiales de los niños.
- Explicarles a qué hora saldrán.
- Procurar que duerman adecuadamente.
- Recordar brevemente el propósito de congregarse.
Antes de salir
- Evitar discusiones innecesarias.
- Verificar que los niños hayan comido cuando corresponda.
- Orar juntos.
- Recordar una o dos expectativas claras.
- Salir con suficiente tiempo.
Al llegar
- Entrar sin prisas.
- Saludar con amabilidad.
- Llevar a los niños al baño antes de comenzar.
- Ubicarse en un lugar apropiado.
- Ayudarlos a preparar su Biblia o material.
- Hacer una breve oración.
La preparación reduce la ansiedad y ayuda al niño a realizar una transición tranquila entre las actividades cotidianas y el momento de adoración.
10. Llegar temprano también enseña reverencia
La puntualidad es una forma práctica de respeto. Cuando llegamos tarde constantemente, interrumpimos a quienes ya están adorando y enseñamos a los niños que el culto puede ocupar un lugar secundario.
Llegar temprano permite:
- Entrar con tranquilidad.
- Encontrar un lugar adecuado.
- Preparar los materiales.
- Ir al baño antes de comenzar.
- Saludar sin interrumpir.
- Orar brevemente.
- Ayudar en alguna tarea.
- Disponer el corazón.
La puntualidad no debe presentarse como una medida para ganar el favor de Dios, sino como una expresión de responsabilidad y consideración por la comunidad.
11. El ejemplo de los adultos es indispensable
Los niños aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan. Podemos darles muchas instrucciones, pero si los adultos conversan, revisan mensajes, entran y salen constantemente o muestran indiferencia durante la predicación, la enseñanza pierde credibilidad.
No podemos pedirles que presten atención mientras nosotros utilizamos el teléfono para asuntos ajenos al culto. Tampoco podemos exigirles participación si nunca nos ven cantar, orar o abrir la Biblia.
Los niños observan:
- Si cantamos o solamente miramos.
- Si oramos con sinceridad.
- Si escuchamos la predicación.
- Si llevamos nuestra Biblia.
- Si respetamos a los líderes.
- Si cuidamos el edificio.
- Si llegamos puntualmente.
- Si conversamos durante el mensaje.
- Si aplicamos en casa lo que aprendimos.
La reverencia se contagia mediante el ejemplo.
Antes de corregir a un niño, conviene preguntarnos:
¿Estoy modelando el comportamiento que deseo enseñarle?
12. Corregir sin humillar
Gritar, amenazar o avergonzar públicamente puede producir silencio momentáneo, pero no necesariamente reverencia. Incluso puede provocar que el niño relacione la adoración con miedo, rechazo o humillación.
La corrección debe ser:
- Clara.
- Breve.
- Tranquila.
- Respetuosa.
- Proporcional a la edad.
- Coherente.
- Orientada a enseñar.
En lugar de decir:
“¡Siempre te portas mal en la iglesia!”
Podemos decir:
“Recuerda que ahora estamos escuchando la Palabra. Guarda el juguete y mira al maestro, por favor.”
En lugar de afirmar:
“Dios está enojado porque estás hablando”,
podemos explicar:
“Cuando hablamos mientras alguien enseña, nos distraemos y también distraemos a los demás. Vamos a escuchar juntos.”
La primera forma produce culpa y confusión; la segunda enseña responsabilidad.
13. Instrucciones positivas y comprensibles
Los niños responden mejor cuando saben lo que deben hacer, no solamente lo que deben evitar.
En vez de repetir únicamente “no corras”, podemos decir:
- “Caminemos con calma”.
- “Mantén tus pies cerca de tu silla”.
- “Escuchemos con nuestros ojos y oídos”.
- “Participemos juntos en el canto”.
- “Guardemos silencio durante la oración”.
- “Si necesitas algo, levanta la mano”.
- “Cuida este lugar porque todos lo utilizamos”.
- “Ayúdame a recoger los materiales”.
Las instrucciones deben ser concretas. Decirle a un niño pequeño “compórtate bien” puede ser demasiado general. Necesita saber exactamente qué comportamiento esperamos.
14. Expectativas de acuerdo con la edad
No debemos exigir el mismo nivel de atención a un niño de tres años que a uno de diez. La reverencia se aprende progresivamente.
Niños de 2 a 4 años
Pueden aprender a:
- Permanecer por períodos cortos en su lugar.
- Guardar silencio durante una oración breve.
- Participar en cantos con movimientos.
- Recoger un material.
- Caminar en lugar de correr.
- Repetir una frase sencilla.
Niños de 5 a 7 años
Pueden aprender a:
- Escuchar una enseñanza breve.
- Participar en una oración.
- Buscar un texto con ayuda.
- Responder preguntas.
- Cuidar sus materiales.
- Identificar cuándo hablar y cuándo escuchar.
Niños de 8 a 12 años
Pueden aprender a:
- Tomar notas sencillas.
- Leer textos bíblicos.
- Participar en la oración congregacional.
- Ayudar a los más pequeños.
- Controlar mejor sus conversaciones.
- Colaborar con tareas dentro del templo.
- Reflexionar sobre la enseñanza y aplicarla.
Las expectativas realistas evitan frustraciones innecesarias y permiten reconocer el progreso.
15. Una guía sencilla para los niños: “Mis cinco maneras de mostrar reverencia”
Podemos enseñar cinco acciones fáciles de recordar:
1. Preparo mi corazón
Antes de comenzar, oro y le pido a Dios que me ayude a escucharlo.
2. Participo con alegría
Canto, oro, leo la Biblia y respondo cuando corresponde.
3. Escucho con atención
Miro al maestro o predicador y pienso en lo que estoy aprendiendo.
4. Respeto a los demás
Evito distraer, empujar, molestar o interrumpir.
5. Cuido la casa de reunión
Mantengo limpio el lugar y trato correctamente los materiales.
Una frase para memorizar podría ser:
“Preparo mi corazón, participo con alegría, escucho con atención, respeto a los demás y cuido el lugar.”
16. El papel de los maestros de Escuela Dominical
La reverencia no es responsabilidad exclusiva de los padres. Los maestros también deben crear un ambiente que favorezca la atención y el aprendizaje.
Una clase desorganizada, excesivamente larga o poco adecuada para la edad puede aumentar las distracciones. Por eso, el maestro debe preguntarse no solamente: “¿Por qué los niños no prestan atención?”, sino también: “¿Estoy enseñando de una manera que puedan comprender y seguir?”.
Un maestro puede favorecer la reverencia cuando:
- Prepara la lección con anticipación.
- Recibe personalmente a cada niño.
- Explica las reglas de manera positiva.
- Mantiene transiciones rápidas.
- Utiliza recursos apropiados.
- Alterna momentos de movimiento y quietud.
- Evita tiempos muertos.
- Involucra a los niños.
- Da instrucciones claras.
- Corrige con respeto.
- Ora por sus estudiantes.
- Modela entusiasmo por la Palabra.
Una buena enseñanza no elimina todas las dificultades de conducta, pero crea mejores condiciones para que los niños participen.
17. No utilizar a Dios como amenaza
Una práctica perjudicial es intentar controlar a los niños mediante frases como:
- “Dios te va a castigar”.
- “Jesús está triste contigo”.
- “Dios no ama a los niños que se portan mal”.
- “Si haces ruido, Dios se va a enojar”.
- “El diablo hace que los niños hablen en el culto”.
Estas expresiones pueden distorsionar la imagen que el niño desarrolla de Dios. Debemos enseñar que Dios es santo y disciplina a sus hijos, pero también que es amoroso, paciente, misericordioso y cercano.
La obediencia cristiana no debe construirse sobre el terror, sino sobre el amor y la verdad.
«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero».
—1 Juan 4:19
El mensaje correcto es:
“Dios te ama y quiere ayudarte a aprender. Por amor a Él y a las demás personas, vamos a escuchar y participar con respeto.”
18. Reconocer el esfuerzo y el progreso
Los niños necesitan saber cuándo están avanzando. Reconocer una conducta adecuada fortalece el aprendizaje.
Podemos decir:
- “Noté que escuchaste con mucha atención”.
- “Gracias por ayudar al niño más pequeño”.
- “Me gustó cómo participaste en la oración”.
- “Cuidaste muy bien tu Biblia”.
- “Hoy recordaste caminar dentro del templo”.
- “Gracias por recoger sin que te lo pidiera”.
- “Vi que guardaste silencio para no distraer”.
El reconocimiento debe ser sincero y específico. No se trata de comprar la obediencia ni de convertir la adoración en una competencia, sino de ayudar al niño a identificar las conductas que debe continuar practicando.
19. ¿Premios o recompensas?
Los incentivos pueden utilizarse con prudencia como herramientas temporales para formar hábitos. Sin embargo, no deben convertirse en la razón principal por la que el niño adora, escucha u obedece.
Un sistema de reconocimiento puede valorar acciones como:
- Escuchar.
- Participar.
- Cuidar los materiales.
- Ayudar a otros.
- Respetar turnos.
- Orar.
- Memorizar un versículo.
- Mostrar amabilidad.
Es preferible usar metas grupales y reconocimientos sencillos antes que crear una competencia constante. Algunos ejemplos son:
- Elegir un canto.
- Participar en una actividad especial.
- Recibir una tarjeta con un versículo.
- Ayudar al maestro.
- Colocar una ficha en el “Frasco de la reverencia”.
- Celebrar un logro colectivo.
Siempre debemos recordarles:
No adoramos a Dios para recibir un premio; lo adoramos porque Él es digno y porque lo amamos.
20. Niños con necesidades particulares
La reverencia no siempre se verá igual en todos los niños. Algunos pueden tener autismo, déficit de atención, ansiedad, dificultades sensoriales, condiciones físicas o necesidades emocionales.
Estos niños quizá necesiten:
- Sentarse cerca de una salida.
- Utilizar protectores auditivos.
- Tener un objeto sensorial silencioso.
- Realizar pequeñas pausas.
- Recibir instrucciones visuales.
- Anticipar los cambios de actividad.
- Moverse discretamente.
- Contar con el acompañamiento de un adulto.
- Participar durante períodos más cortos.
Estas adaptaciones no significan falta de reverencia. Son formas de eliminar obstáculos para que el niño pueda participar.
La comunidad debe evitar juzgar rápidamente a las familias. Antes de criticar, debemos acercarnos, escuchar y preguntar cómo podemos ayudar.
21. La reverencia también se vive fuera del templo
Ser reverente no significa comportarse correctamente solamente durante una reunión religiosa. Si la reverencia nace del reconocimiento de Dios, debe influir en toda la vida.
Un niño también honra a Dios cuando:
- Obedece a sus padres.
- Dice la verdad.
- Trata con respeto a sus compañeros.
- Cuida la creación.
- Usa correctamente sus palabras.
- Ayuda a quien lo necesita.
- Ora en casa.
- Lee la Biblia.
- Reconoce sus errores.
- Pide perdón.
- Actúa correctamente aunque nadie lo observe.
El objetivo final no es producir niños que sepan comportarse dentro de un edificio, sino discípulos que vivan conscientes de la presencia de Dios dondequiera que estén.
22. Acuerdos entre padres, maestros y líderes
La enseñanza será más efectiva cuando todos comuniquen expectativas semejantes. Si el maestro establece una norma, pero los padres la ignoran; o si un líder corrige de manera distinta a los demás, el niño puede confundirse.
La congregación puede establecer acuerdos sencillos:
- Cómo se recibirá a los niños.
- Qué materiales pueden llevar.
- Qué hacer cuando necesitan ir al baño.
- Cómo atender a quienes tienen necesidades particulares.
- Quién acompañará a un niño que necesite salir.
- Cómo se comunicará una dificultad a los padres.
- Qué métodos de corrección están permitidos.
- Cómo se reconocerán las buenas conductas.
- Qué medidas de seguridad deben observarse.
Estos acuerdos deben estar al servicio del cuidado, el aprendizaje y la adoración, no de un control excesivo.
23. Diez compromisos de una comunidad reverente
Una congregación que desea enseñar reverencia puede asumir los siguientes compromisos:
- Recibiremos a los niños con amor.
- Les explicaremos el propósito de cada momento.
- Estableceremos expectativas claras y realistas.
- Modelaremos lo que deseamos enseñar.
- Corregiremos sin humillar.
- Consideraremos la edad y las necesidades individuales.
- Prepararemos reuniones que involucren a los niños.
- Cuidaremos juntos el lugar de congregación.
- Ayudaremos a las familias en lugar de juzgarlas.
- Recordaremos que nuestra meta es formar adoradores y discípulos de Jesús.
24. Preguntas para reflexionar como adultos
Antes de exigir reverencia a la niñez, padres, maestros y líderes podemos evaluar nuestro propio comportamiento:
- ¿Llego con una actitud preparada para adorar?
- ¿Uso el teléfono para asuntos innecesarios durante el culto?
- ¿Converso mientras alguien enseña?
- ¿Participo en los cantos y oraciones?
- ¿Trato con respeto a los servidores?
- ¿Cuido las instalaciones?
- ¿Corrijo a los niños con paciencia?
- ¿Mis expectativas son adecuadas para su edad?
- ¿Estoy formando o solamente controlando?
- ¿Los niños perciben gozo cuando me ven adorar?
- ¿Mi conducta dentro y fuera del templo es coherente?
- ¿Ayudo a las familias que enfrentan dificultades?
La enseñanza más poderosa comienza cuando los adultos también permiten que Dios transforme sus actitudes.
Conclusión: formar adoradores, no solamente niños quietos
Fomentar la reverencia no consiste en imponer una disciplina fría ni en convertir el templo en un lugar donde los niños tengan miedo de moverse, preguntar o participar. Tampoco significa permitir desorden sin orientación.
La reverencia bíblica combina amor y respeto, alegría y dominio propio, participación y atención. Se desarrolla poco a poco mediante la enseñanza, el ejemplo, la práctica, la paciencia y la obra del Espíritu Santo.
Cuando explicamos el propósito del culto, preparamos experiencias apropiadas para cada edad, corregimos con dignidad y modelamos una adoración sincera, ayudamos a los niños a descubrir que congregarse no es una obligación aburrida. Es el privilegio de reunirse con el pueblo de Dios para conocerlo, adorarlo y escuchar su Palabra.
Nuestra meta no debe ser que un niño permanezca quieto durante una hora solamente para evitar incomodar a los adultos. Nuestra meta debe ser que aprenda a decir desde el corazón:
“Me alegro de estar en la casa de reunión. Quiero adorar a Dios, escuchar su Palabra y demostrar con mi conducta que Él es importante para mí.”
La próxima vez que crucemos la entrada del templo, detengámonos por un momento y preguntémonos:
¿Mi actitud refleja la alegría, la atención y el respeto que deseo sembrar en el corazón de la próxima generación?
Porque la reverencia no se exige únicamente con palabras: se enseña, se practica y se modela cada día.


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