¿Qué es la teología de la niñez?
Anita, una niña de siete años, se me acercó un domingo al terminar la iglesia infantil en El Taller, la iglesia donde pastoreo niños en el sur de California.
Tenía en la mano una hoja doblada en cuatro. Me la entregó con una sonrisa tímida y me dijo:
—Es para Dios, pero como no sé cómo entregársela, ¿se la puedes dar?
Cuando se fue, abrí el papel y encontré un dibujo sencillo pero profundo: un gran corazón rojo, y en medio, escrito con marcador negro, la frase:
“Thank you God for loving me.” (“Gracias Dios por amarme.”)
Anita no estaba haciendo teología académica, pero estaba declarando una verdad que muchos adultos hemos olvidado:
Dios sí la ama. Dios sí la escucha. Dios sí la considera parte viva de su pueblo. Ella estaba segura que estaba incluida.
La teología de la niñez no es un tema para especialistas, sino un llamado para todos: aprender a mirar a los niños como Dios los mira.
- Una definición sencilla y necesaria
La teología de la niñez es pensar a la luz de Dios sobre quiénes son los niños, cómo Dios se relaciona con ellos y cuál es su lugar en el Reino. Es detenernos, como iglesia, como padres, como pastores o simplemente como creyentes, para preguntarnos:
- ¿Qué dice Dios sobre los niños?
- ¿Qué revela la Biblia acerca de su valor, dignidad y espiritualidad?
- ¿Cómo se expresa el amor del Padre en su experiencia?
- ¿Qué lugar real les damos en nuestra comunidad de fe?
Hacer teología de la niñez no es crear una nueva doctrina, sino mirar con nuevos ojos —ojos de asombro, ojos de tierno escrutinio y con humildad— lo que Dios ha mostrado desde el principio. Es permitir que el mensaje de la cruz, del amor, del Reino y del discipulado toque también a los más pequeños, no como algo secundario, sino como algo central.
En palabras sencillas: la teología de la niñez es ver a los niños como Dios siempre los ha visto.
El papel teológico de los niños en la Escritura
La teología tradicional ha hecho poco por detenerse ante los niños en la Biblia.
Muchas veces han sido vistos como contexto, como personajes secundarios, como “futuros adultos”. Pero eso no es lo que las Escrituras revelan.
La Biblia, si se lee con ojos sensibles, está salpicada de destellos de niñez que contienen claves del carácter de Dios, del Reino y del trato divino con la humanidad. Es como si el Espíritu Santo hubiera traslapado semillas de teología entre las manos pequeñas de los niños… esperando que quienes tengan corazones atentos las pudieran notar y cultivar.
- a) Los niños como portadores de salvación
- Moisés fue salvado en una canasta. Su llanto enterneció el corazón de la hija del Faraón (Éxodo 2:6). Moisés: no solo un libertador, también un niño en el plan eterno
En la teología Adultocéntrica solo ve al Moisés de los milagros, al príncipe en desgracia, al líder del éxodo, al que abre el mar.
Pero se le escapa la ternura poderosa del Moisés niño, llorando en una canasta, flotando entre juncos, siendo sostenido por las manos de una princesa que no sabía que estaba tocando la historia misma, y que aquel bebe libertaria un pueblo oprimido, y aun mas, que un día nos llegaría a nosotros en forma de salvación.
Ese llanto no fue un detalle decorativo: fue el toque divino que quebró una estructura de poder.
Dios no empezó una liberación con un ejército, empezó con un bebé. Moisés no solo fue salvado… él ya era señal de salvación. Y si eso es verdad, entonces cada niño cargado en brazos hoy, podría estar cargando un propósito eterno.
La niñez no es un “antes”, es un ahora santo en los planes de Dios.
- b) Los niños como objeto de restauración divina
- En Zacarías 8:5 leemos una de las imágenes más tiernas y revolucionarias de la restauración del pueblo de Dios:
“Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas.”
A simple vista, suena como una escena alegre. Sin embargo, muchas traducciones (incluida la Reina-Valera 1960) usan el término “muchachos”, que en español contemporáneo puede sugerir adolescentes o jóvenes. Esta elección pasa por alto el matiz original del hebreo, y sin querer, nos roba la imagen más radical del texto: ¡la presencia de niños pequeños jugando con libertad!
La palabra original usada es יְלָדִים (yeladim) para varones y יְלָדוֹת (yeladot) para niñas, que derivan del sustantivo יֶלֶד (yeled), cuyo uso bíblico se refiere mayoritariamente a niños pequeños, en edad temprana o media infancia, no adolescentes.
Además, el verbo “jugarán” (מְשַׂחֲקִיםmesachaqim) refuerza esta interpretación: se trata de niños que ríen, corren, y se divierten sin miedo. Esta es una señal escatológica de paz: una sociedad restaurada es aquella donde los más pequeños pueden jugar en las calles sin peligro.
Por lo tanto, Zacarías 8:5 no solo nos regala una linda escena: nos revela el corazón de Dios.
Un corazón que sueña con una comunidad donde la niñez no es ignorada ni tolerada, sino celebrada como señal de salud espiritual.
Quizás los traductores adultos no pensaron en niños.
Pero Dios sí. Y los puso en el centro de su profecía.
- c) La niñez como esperanza profética
- En Isaías 11, una de las visiones más bellas del Reino futuro, se nos dice que
“el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid” (v.8).
¡Qué imagen tan radical! En la nueva creación, un niño pequeño será el símbolo de paz, restauración y confianza total.
- También en Isaías 9:6:
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado…”
No fue un guerrero, ni un rey adulto: fue un niño el signo mesiánico.
d). Los niños como mensajeros de Dios (aunque nadie los vea así)
- Samuel escuchó la voz de Dios cuando era un niño pequeño, y aún “no conocía al Señor” (1 Samuel 3:7).
Sin embargo, Dios decidió hablarle a él, y no a los sacerdotes adultos.
En un templo decadente, el niño fue la lámpara encendida.
Revisa conmigo lo siguiente: La historia de Samuel no comienza con un profeta, sino con una oración.
Con una mujer estéril, con una madre herida, con un vientre abierto por la misericordia de Dios. Y de ese milagro nació un niño… al que Dios le hablaría desde el cielo mucho antes de ser tomado en serio por los adultos de su entorno.
Samuel fue llevado al templo siendo apenas un pequeño. Demasiado pequeño para saber orar como los sacerdotes, demasiado inocente para entender el peso de los rituales, y aún —como dice el texto bíblico con honestidad— “no conocía aún al Señor” (1 Samuel 3:7).
Y sin embargo, fue a él a quien Dios llamó. No una vez. No dos. ¡Tres veces! Esto me indica a un Dios intencional en marcar su voluntad.
En un contexto donde el templo estaba apagado espiritualmente —donde los adultos que “conocían a Dios” ya no lo escuchaban—, la voz del Señor decidió tocar el oído de un niño.
No fue una casualidad. Fue una declaración divina. Déjame hacerte algunas preguntas retoricas para invitarte a pensar en nuestra iglesia actual:
¿Por qué no habló Dios con Elí directamente?
Esta pregunta me resuena a mi muy profundo, en nuestras iglesias la voz de los niños está apagada, como evangelista de niños he visitado cientos de iglesia en Estados Unidos y en Latinoamérica y en la gran mayoría de ellas los niños solo son “los que participan en la coreografía, recogen las ofrendas o cantan un corito”
Elí era el sacerdote. Era el líder. Tenía la experiencia. Pero había dejado de ver. Su ceguera era física y espiritual. Sus hijos profanaban el ministerio, y él… callaba.
El templo estaba lleno de tradición, pero vacío de presencia.
Y en medio de esa decadencia, Dios encendió una pequeña lámpara: Un niño que dormía junto al arca. Un niño que no sabía orar como los grandes, pero que sabía decir “Aquí estoy”. Un niño que no tenía título, pero tenía disposición.
Samuel no fue solo un profeta infantil: fue un ejemplo de Dios hablando a su pueblo.
Dios pudo haber hablado desde el cielo, con trueno o fuego, – lo hizo con Moisés.-
Pero eligió un susurro en la noche, dirigido a un niño que apenas despertaba.
Ese niño fue quien escuchó la voz de Dios cuando nadie más la oía.
Ese niño fue quien recibió palabra para advertir a los adultos.
Ese niño fue la nueva llama de revelación en una generación apagada.
¿Y si Dios sigue hablando hoy… pero en tono de niño?
Quiero ahora hablarte de una realidad contundente, vemos a la niñez a futuro, y nos cuesta imaginar que un niño pueda tener algo que decirnos de parte de Dios.
Estamos entrenados para ver a los niños como “futuros creyentes”,
como “destinatarios de enseñanza”,
pero no como sujetos capaces de oír a Dios y hablar en su nombre.
La historia de Samuel derriba esa idea de raíz.
Nos recuerda que la voz de Dios no respeta jerarquías humanas ni cronologías adultas.
Dios habla con quien quiere… y muchas veces, elige a los pequeños.
Quizás hemos llenado los púlpitos de grandes voces,
y nos hemos perdido los susurros que vienen de abajo.
Quizás hemos querido enseñar tanto a los niños…
que hemos olvidado sentarnos a sus pies para escuchar.
La lámpara aún puede encenderse
Y si volviéramos a poner a los niños cerca del arca, como Samuel, y si los acompañáramos en silencio,y si los escucháramos cuando dicen “Me parece que alguien me llamó”… entonces veríamos que Dios sigue hablando.
Y puede que, una vez más, en una Iglesia cansada, tradicional o ruidosa,
el próximo mensaje del cielo no venga del adulto mejor preparado…
sino del niño que duerme cerca de la presencia de Dios,
con un corazón abierto y una frase lista:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”(1 Samuel 3:10)
Soy poeta, pero en este momento NO estoy hablando poesía, no estoy presentándote una locura, estoy exponiéndote una verdad desde los ojos niños de Dios.
Déjame hablarte ahora de una poderosa niña, que ante nuestros ojos adultos pasa desapercibida, por que quien fulgura al final de esta historia es el gran profeta y el triste final de su ayudante.
- La niña esclava de Naamán (2 Reyes 5) no tiene nombre, pero tiene fe.
Su frase sencilla y valiente —“Si mi señor fuera al profeta…”— abrió el camino para la sanidad de un general.
¿Quién la enseñó a creer así? No lo sabemos. Pero su fe movió un milagro.
Esta historia narrada en 2 de reyes es demasiada profunda y especial, la protagonista fue una niña, era esclava, era extranjera. Había sido arrancada de su casa, de sus padres, de su tierra. ¿Quién le enseñó a orar? ¿Quién la abrazó cuando lloró de noche lejos de los brazos de su madre? ¿Quién le enseñó a confiar en el Dios de Israel, aun viviendo en tierra de enemigos?
No sabemos. Pero esa niña —aún siendo niña, aún siendo esclava— recordó a su Dios.
Cuando vio a su amo enfermo, no guardó silencio. Pudo quedarse cayada. Pudo pensar: “No es mi problema”. Pudo alegrarse de su enfermedad. Pero no. Ella habló. No desde la comodidad, sino desde el desarraigo.
Ella creyó. No porque todo estuviera bien, sino porque alguien le enseñó que Dios no abandona, ni siquiera en tierra extraña.
Ella tomó la decisión de compartir su fe —una fe que sobrevivió al dolor y floreció en compasión.
En su gesto sencillo y valiente, descubrimos algo que el mundo adulto olvida con frecuencia:
que los niños tienen una capacidad divina de amar más allá del dolor, de ofrecer esperanza aun cuando otros callan, y de hablar de Dios… incluso cuando nadie les ha dado permiso.
Dijo: “Si mi señor fuera a ver al profeta que hay en Samaria, él lo sanaría de su enfermedad.”
Y así, una palabra suya —pequeña como ella— dio inicio al gran milagro que se le atribuye solo al profeta.
Hoy pienso en tantos niños y niñas en silencio. Algunos viven entre nosotros, invisibles, ignorados. Otros, como esta niña, han sido desplazados, arrebatados de sus familias, entregados a estructuras (la iglesia, la escuela, el sistema) esperando que alguien más los críe.
Pero no todo niño olvidado, olvida.
Algunos, como esta niña sin nombre, siguen creyendo. Siguen amando. Siguen hablando fe, aunque nadie les enseñó a hablarla.
¿Y nosotros? ¿Escuchamos?
A veces esperamos que la niñez solo reciba. Pero hay niños que portan palabras del cielo. Hay niñas que, aún rotas por la vida, nos enseñan qué es la verdadera fe.
La iglesia no está llamada solo a entretener o proteger a los niños. Está llamada a escucharlos, formarles, creer en ellos. Es extraño para nosotros, pero muchas veces la voz de Dios viene en boca de quien el mundo ha decidido no nombrar.
¿Qué hemos hecho con todo esto?
Durante siglos, la teología ha tratado a los niños como “población ministerial”, pero no como interlocutores divinos.
Los ha citado como ejemplos de humildad o inocencia, pero no los ha considerado voz profética, imagen teológica ni sujetos de la revelación.
Los niños están en la Biblia, sí.
Pero no los hemos sabido ver.
No los hemos interpretado con la reverencia con la que leemos a los profetas, los jueces o los reyes.
Y sin embargo, allí están. Palpables. Con nombre o sin él.
A veces llorando, a veces profetizando, a veces señalando el Reino con sus propios juegos.
Una invitación a reinterpretar
Este ensayo, entonces, es una invitación a leer la Biblia desde otro nivel: a la altura de un niño.
Sentarse como Jesús lo hizo —según Marcos 9:35-36—, abrazar a un niño, ponerlo en medio… y volver a leer desde allí.
Desde ese lugar central donde Jesús ubicó la infancia, no como símbolo de debilidad, sino como una clave que abre la puerta del Reino.
Y al hacerlo, descubrirás algo glorioso: Dios nunca ha dejado de hablar a través de los niños.
Pero creo que la Iglesia olvidó cómo escucharlos.
- Una ausencia histórica, una distorsión peligrosa
El olvido de los teólogos… y el dolor de los niños
Quiero ahora pedirte algo, pon en pausa todo lo que has aprendido de salvación y del Reino de Dios y escucha esto que te diré, pon atención, esto quizás te incomode, (aunque mi deseo es que lo comprendas y te alegres)
¿Por qué no hemos hablado mucho de esto antes?
¿Por qué la teología —que se ha ocupado de los grandes misterios de Dios— ha dicho tan poco sobre los niños?
La respuesta es incómoda, pero necesaria:
Porque a lo largo de la historia, la Iglesia y la teología han puesto a los adultos en el centro y a los niños en la periferia.
Nos volvimos adultocéntricos. Incluso cuando hablamos del Reino de Dios, lo hicimos en tonos graves, intelectuales, doctrinales… como si Dios no tuviera palabras más suaves, más pequeñas, más cercanas al juego y a la ternura.
Un silencio teológico que pesa siglos
Desde los Padres de la Iglesia hasta la Reforma protestante, los grandes debates doctrinales giraron en torno a la salvación, el pecado, la predestinación, la gracia, la autoridad eclesiástica y hoy en el post modernismo – la prosperidad-… pero rara vez alguien preguntó: “¿Qué lugar tienen los niños en todo esto?”
- Agustín de Hipona, por ejemplo, habló de la niñez, pero más para afirmar su doctrina del pecado original. En sus escritos, el niño aparece como símbolo de la necesidad urgente del bautismo para ser salvado, no como portador de revelación o sujeto teológico.
“El niño llora para manipular, para poseer. La inocencia infantil es solo aparente”, decía Agustín. Las Confesiones (Libro 1, capítulo 8)
- En la Edad Media, Tomás de Aquino también se refiere a los niños, pero subordinando su valor a su falta de razón plena. En su sistema, el niño aún no es plenamente capaz de comprender la fe, por lo tanto, no se pensó en el niño como interlocutor válido de la gracia. Durante siglos, en la teología clásica, los niños no fueron vistos como capaces de tener una experiencia directa y consciente con Dios. Es decir: No se creyó que pudieran comprender o responder activamente al amor, la salvación y la presencia de Dios. Se pensó que primero debían crecer, razonar, entender ciertas verdades… y después serían sujetos de la gracia. Summa Theologiae (III, Q. 69, artículo 6), – (Prima Pars, Q. 101 / II‑II, Q. 189, artículo 5)
- Durante la Reforma, aunque Lutero valoró la familia y la educación, los niños fueron vistos sobre todo como necesitados de instrucción, no como creyentes con vida espiritual activa.(Catesismo Menor Martin Lutero)Y Calvino, con su énfasis en la depravación humana, reforzó la idea de que los niños están marcados por el pecado desde la cuna. Al aplicar esto al niño, se le ve como un ser corrupto desde el nacimiento, no como alguien abierto a la gracia o capaz de responder espiritualmente por sí mismo.(Institucion de la religion cristiana Juan Calvino. Libro II, capítulo 1, sección 10)
Así, la imagen del niño quedó reducida a tres grandes enfoques teológicos:
- Como pecador en potencia (necesitado de redención).
- Como futuro creyente (que aún no comprende la fe).
- Como objeto de cuidado, pero no como sujeto espiritual o teológico.
Y por siglos, eso fue todo……. (Sonido de Guillos…..)
La Iglesia pensó a los niños como “problema” o como “promesa”… pero nunca como “presencia”
Cuando los niños fueron mencionados, fue más por lo que podrían llegar a ser, no por lo que ya son en el presente de Dios.
Se les trató como una categoría en formación, no como un misterio ya habitado por el Espíritu Santo.
Y cuando la Iglesia organiza ministerios infantiles, muchas veces lo hace con buenas intenciones, pero sin visión teológica:
los niños son “sacados” mientras los adultos adoran. Son entretenidos con una hoja para colorear mientras los grandes escuchan la Palabra.
En muchos contextos, aún se considera que “el discipulado comienza cuando comprenden” …
cientos de veces he escuchado la frase: “entenderá el evangelio cuando tenga 12 años” como si Jesús hubiera esperado comprensión del niño que tenía en sus brazos cuando dijo:
“Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mi.” (Mateo 18:6)
¿Notaste el: “Pequeños que CREEN EN MI”?… Ya hablaremos de la declaración de Jesús más adelante. Sin duda que revolucionara lo que piensas de la salvación y el discipulado hasta este momento.
La consecuencia de no pensar teológicamente en los niños
Cuando no los pensamos con profundidad, los tratamos con superficialidad.
Y al tratarlos superficialmente, les negamos la dignidad espiritual que Dios ya les ha dado.
Peor aún: perdemos nosotros la oportunidad de aprender del Reino que se revela en los pequeños.
Cuando la Iglesia margina a la niñez a nivel teológico, comete un doble error:
- Pierde su semejanza con Jesús.
¿Qué quiere decir esto?
Jesús no solo bendijo a los niños:
- Los abrazó (Marcos 9:36),
- Los puso en medio (Marcos 9:36),
- Dijo que eran el modelo del Reino (Mateo 18:3),
- Declaró que de ellos es el Reino de los cielos (Mateo 19:14).
Cuando la Iglesia ignora, minimiza o trata con superficialidad a la niñez, está haciendo exactamente lo contrario de lo que hizo Jesús.
¿Cuál es entonces la implicación?
La Iglesia deja de parecerse a su Maestro.
Pierde sensibilidad, ternura, inclusión, y se vuelve adultocéntrica, dura, distante.
Jesús no usó a un niño como “ilustración”.
Lo abrazó, lo puso en medio y dijo: “Este es el centro”.
Si la Iglesia pone a los niños en la periferia, ya no se parece a Jesús.
- Se cierra a una dimensión vital de la revelación.
¿Qué quiere decir esto?
La revelación es la forma en que Dios se da a conocer.
Y si Dios ha decidido revelarse también a través de los niños (como lo hizo con Samuel, con la niña sierva de Naamán, con los niños que alababan en el templo – Mateo 21:15-16), entonces:
Una iglesia que no escucha, no observa ni piensa teológicamente en los niños…
Se está perdiendo parte del mensaje de Dios.
Esto no es solo un error pastoral. Es una pérdida de revelación.
No tomar a los niños en serio teológicamente,es como cerrar una ventana por donde Dios está hablando.
Puedo decir entonces que; Cuando la Iglesia margina a la niñez en su teología:
- Se aleja del corazón y del ejemplo de Jesús.
- Pierde acceso a una parte de lo que Dios quiere revelar hoy.
El teólogo alemán Jürgen Moltmann lo dijo con claridad:
“La Iglesia no debe ver a los niños como su futuro, sino como su presente.
Ellos son, en cada generación, una parte viva del pueblo de Dios.”«El niño y la infancia como metáforas de la esperanza» [ TheologyToday 56, n.º 4 (2000): 592-603]
Una distorsión peligrosa
A veces, una verdad mal comprendida puede convertirse en una distorsión. Y cuando esa distorsión se instala por mucho tiempo, se vuelve peligrosa… ¿Por qué? Porque comienza a guiar nuestras decisiones, nuestras estructuras y nuestras prioridades, aunque estén alejada del corazón de Dios. Y aquí es donde estoy entrando a puntitas en un tema que puede sacudirnos, pero tratare de ser claro y explicarlo lo mejor posible.
El olvido teológico no es solo un descuido académico.
Es una distorsión peligrosa del Evangelio, porque deja fuera del corazón del Reino a quienes Jesús puso en el centro.
La teología que no sabe detenerse, sentarse, y abrazar a un niño como Jesús lo hizo (Marcos 9:35-36) no ha entendido aún cómo se ve Dios cuando se inclina.
Quizás el gran escándalo no fue que Jesús muriera en una cruz,
sino que tomara a un niño, lo pusiera en medio, y dijera: “Si no se hacen como él, no entrarán en el Reino de los cielos.”
Déjame explicarte un poco mas esta última frase, porque no quiero que se mal entienda, no estoy menospreciando la cruz, más bien estoy leyendo con ojos de niño una verdad que distorsionamos.
Que quiero decir con: El escándalo de la cruz… y el escándalo de un niño.
En la teología cristiana, la cruz ha sido históricamente entendida como el gran escándalo del Evangelio (ver 1 Corintios 1:23), porque revela un Mesías crucificado, lo cual era incomprensible tanto para judíos como para gentiles.
Pero este gesto de Jesús —poner a un niño en el centro y declarar que el Reino pertenece a los que se parecen a él— es otro tipo de escándalo, uno que toca las estructuras sociales, espirituales y eclesiásticas más profundas.
Tomando en cuenta el contexto bíblico (Marcos 9:35-37 y Mateo 18:1-5)Jesús acababa de escuchar a sus discípulos discutir quién era el más grande. En respuesta, Jesús no da una lección teórica. Se sienta, llama a un niño, lo abraza, lo pone en medio, y dice:
“Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos.” (Mateo 18:3)
Esto no es una ilustración tierna. Es un golpe directo al corazón del orgullo religioso.
Los discípulos esperaban un Reino basado en méritos, jerarquías, poder, revelación…
Pero Jesús señala a un niño —un ser socialmente invisible, sin voz, sin prestigio, sin mérito teológico— y dice:
“Si no te haces como él, estás fuera.”
Pero, ¿Por qué esto es escandaloso?
Porque en la cultura judía del siglo I (y en muchas iglesias hoy), los niños no eran considerados modelos de espiritualidad. Eran (son) vistos como:
- Inmaduros
- Ignorantes
- Dependientes
- “Futuros adultos”, pero no ciudadanos espirituales plenos.
Pero Jesús invierte todo eso.
No dice “enséñenles ustedes a ellos cómo es el Reino”, sino:
“Aprendan ustedes de ellos cómo se entra al Reino.”
Muchos piensan que Jesús no tuvo un ministerio infantil, pero esta imagen que quedó plasmada en la biblia del niño en medio: no es solo una imagen… es una teología
Jesús no solo habló de un niño:
Lo puso en medio.
Lo abrazó, le dio visibilidad, lo convirtió en parábola viviente.
Y al hacerlo, redefinió qué significa “ser grande” y “ser parte del Reino”.
Esto fue más que un gesto pedagógico:
fue un acto profético.
Un mensaje directo al sistema religioso que valoraba títulos, edad, conocimiento, mérito, y posición, entre otras muchas cosas de pensamiento adultocéntrico.
Tratare de hacerte esta parte más sencilla. ¿Cuál es entonces el verdadero escándalo?
La cruz sigue siendo escandalosa, sin duda.
Pero este otro escándalo —el de tener que hacernos como un niño para entrar— toca nuestra estructura de poder, de control, de orgullo.
En este momento de postmodernidad creo que hay que hacer una revaloración de nuestros lentes espirituales para evitar que existan distorsiones en nuestra visión. Empecemos haciéndonos preguntas básicas de nuestro enfoque:
¿Y si el Reino no se trata de escalar… sino de descender?
¿Y si el modelo espiritual no es el sabio, sino el pequeño?
¿Y si el futuro de la Iglesia no se mide por la altura de sus púlpitos… sino por la ternura de sus abrazos?
Entonces, cuando digo:
“Quizás el gran escándalo no fue que Jesús muriera en una cruz, sino que tomara a un niño, lo pusiera en medio, y dijera: ‘Si no se hacen como él, no entrarán’…”
Estoy afirmando algo poderoso y necesario:
Que el mensaje del Reino no solo desafía nuestros pecados…
sino también nuestras estructuras adultocéntricas de espiritualidad.
Y que la niñez no es un estorbo en el camino hacia Dios, sino la clave que abre la puerta de salvación que es Cristo.
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