El niño como sujeto del Reino
Una reflexión bíblico-teológica sobre la participación de la niñez en la misión de Dios
Introducción
Durante mucho tiempo, buena parte de nuestras prácticas eclesiales han concebido al niño principalmente como alguien que necesita recibir enseñanza, aprender las Escrituras y prepararse para servir a Dios cuando llegue a la edad adulta. Aunque reconozco el valor indispensable de la formación bíblica, considero que esta perspectiva resulta incompleta cuando examinamos el lugar que la niñez ocupa en el relato bíblico.
A mi juicio, necesitamos revisar una pregunta fundamental: ¿es el niño solamente un receptor de la formación espiritual que los adultos le proporcionamos o también puede ser un participante activo en el Reino de Dios?
Sostengo que el niño no es únicamente un receptor de la fe, sino también un sujeto de la acción de Dios y un participante en la vida y la misión de su Reino. Esta afirmación no significa atribuir a los niños una madurez que todavía están desarrollando ni desconocer la responsabilidad de los adultos en su cuidado y formación. Significa reconocer que la niñez posee dignidad teológica propia y que Dios puede relacionarse con los niños, llamarlos, formar su vida y hacerlos partícipes de sus propósitos en el presente.
Esta perspectiva encuentra un punto de diálogo importante en la propuesta de Segura (2015), quien plantea que los niños y las niñas deben ser considerados sujetos teológicos y que sus experiencias y contribuciones tienen relevancia para la reflexión cristiana y la misión de la iglesia.
Para fundamentar mi tesis, examinaré cuatro relatos bíblicos: el llamado de Jeremías, la experiencia de Samuel, la elección de David y el muchacho que puso sus panes y peces a disposición de Jesús. Aunque estos relatos tienen contextos literarios e históricos distintos, considero que, leídos cuidadosamente, ofrecen perspectivas significativas para comprender la participación de la niñez en el Reino de Dios.
Mi propósito no es forzar los textos para que digan lo que deseo encontrar en ellos, sino escuchar sus afirmaciones, reconocer sus límites y explorar las implicaciones que tienen para nuestra comprensión contemporánea del ministerio infantil.
- Jeremías: la juventud no constituye una descalificación automática
En Jeremías 1:4-8 encontramos uno de los pasajes más relevantes para reflexionar sobre la relación entre juventud, llamado y misión divina. El profeta expresa su resistencia ante la tarea que Dios le encomienda: «¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño» (Jeremías 1:6, Reina-Valera 1960).
La palabra hebrea traducida como «niño» es naʿar (נַעַר). Su campo de significado comprende términos como muchacho, joven y servidor, dependiendo del contexto. Por esta razón, no podemos establecer con certeza la edad exacta de Jeremías a partir de esta palabra. Tampoco podemos asegurar que se trataba de un niño pequeño en el sentido contemporáneo.
Esta precisión exegética es importante. No considero adecuado utilizar Jeremías 1 como prueba definitiva de que Dios comisionó a un niño de corta edad. Sin embargo, sí encuentro en el pasaje un principio teológico significativo: la juventud que Jeremías presenta como una limitación no lleva a Dios a cancelar su llamado.
La respuesta divina es contundente: «No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande» (Jeremías 1:7, RVR1960). Dios dirige la atención del profeta hacia la tarea encomendada y hacia la presencia divina que lo acompañará.
El texto no enseña que la edad carezca de importancia en todas las circunstancias, ni que cualquier persona joven esté automáticamente preparada para cualquier responsabilidad. Enseña, dentro de su contexto, que la objeción de Jeremías no invalida la iniciativa soberana de Dios. El comentario bíblico de Enduring Word en español también destaca la relación entre la objeción del profeta, su percepción de insuficiencia y la respuesta divina que confirma su comisión (Enduring Word, s. f.).
Desde esta perspectiva, considero que el pasaje cuestiona nuestros criterios cuando asumimos que la edad, por sí sola, determina quién puede participar en los propósitos divinos. Si Dios puede llamar a alguien cuya juventud le hace sentirse insuficiente, la iglesia debe tener cuidado de no convertir la edad en una barrera absoluta para reconocer la participación espiritual de los niños.
Jeremías no demuestra por sí solo toda mi tesis, pero establece un punto de partida: las limitaciones que una persona percibe en sí misma no siempre determinan lo que Dios puede hacer por medio de ella.
- Samuel: el niño como interlocutor de Dios
El relato de 1 Samuel 3:1-10 nos ofrece una perspectiva todavía más directa sobre la experiencia espiritual de un niño. Samuel se encontraba al servicio de Elí cuando escuchó una voz que lo llamaba por su nombre. Aunque inicialmente no comprendía lo que sucedía, respondió a la voz y, mediante el acompañamiento de Elí, aprendió a reconocer que Dios lo estaba llamando.
El versículo 1 describe a Samuel como un muchacho que ministraba delante de Jehová. El contexto de 1 Samuel 1–3 lo presenta desde su infancia y muestra su crecimiento en el servicio del santuario. A diferencia del relato de Jeremías, aquí encontramos un personaje cuya juventud forma parte explícita de la narración.
Me llama particularmente la atención que Dios no se relaciona con Samuel únicamente por medio de las instrucciones de un adulto. El relato presenta a Samuel como destinatario de una comunicación divina. Dios lo llama por su nombre y Samuel responde: «Habla, porque tu siervo oye» (1 Samuel 3:10, RVR1960).
No pretendo convertir esta experiencia particular en una fórmula para determinar cómo debe manifestarse la voz de Dios en la vida de todos los niños. Mi interés se encuentra en el principio narrativo: Samuel no aparece solamente como alguien que aprende acerca de Dios, sino como alguien con quien Dios establece una relación y a quien introduce progresivamente en una responsabilidad profética.
Aquí encuentro una distinción importante para el ministerio infantil. La formación espiritual de la niñez no consiste exclusivamente en transmitir contenidos bíblicos, por necesarios que estos sean. También implica acompañar a los niños para que desarrollen una relación con Dios, aprendan a discernir, expresen sus preguntas y respondan responsablemente a su fe.
En este proceso, Elí cumple una función significativa. Aunque inicialmente no identifica la voz, termina ayudando a Samuel a comprender cómo responder. No sustituye la experiencia del muchacho; lo acompaña en ella.
Este detalle me invita a pensar en el papel de los adultos significativos dentro de la comunidad cristiana. No estamos llamados a ocupar el lugar de Dios en la vida de los niños, ni a controlar cada expresión de su espiritualidad. Estamos llamados a acompañarlos, enseñarles las Escrituras y ofrecerles criterios para discernir sus experiencias.
Samuel me recuerda que formar espiritualmente a un niño no significa hablar siempre en su lugar, sino ayudarlo a aprender cómo responder a Dios por sí mismo.
- David: el niño como alguien a quien Dios toma en cuenta
En 1 Samuel 16:1-13 encontramos a Samuel en la casa de Isaí, buscando al futuro rey de Israel por mandato de Dios. Los hijos mayores pasan delante del profeta, pero ninguno es el elegido. David, el menor, ni siquiera se encuentra inicialmente entre los candidatos presentes; está cuidando las ovejas.
Cuando finalmente lo llaman, el relato señala que era el menor de sus hermanos y describe su apariencia (1 Samuel 16:11-12). Dios había advertido previamente a Samuel que no debía juzgar según la apariencia exterior, porque el Señor mira el corazón (v. 7).
La elección de David no constituye, por sí sola, una declaración explícita sobre los derechos o la participación de todos los niños. Además, el texto no especifica su edad exacta. No obstante, la narración muestra que quien ocupaba una posición secundaria dentro de su familia fue tomado en cuenta en una decisión de enorme trascendencia para la historia de Israel.
Me parece significativo que David no haya sido incluido inicialmente en la evaluación. Su ausencia refleja, al menos dentro de la escena narrada, que los seres humanos pueden pasar por alto a quien no consideran un candidato relevante. Sin embargo, el propósito de Dios no queda restringido a las expectativas de quienes participan en la selección.
Al trasladar esta reflexión al ministerio infantil, no sostengo que cada niño deba aspirar a ocupar posiciones de autoridad ni que la elección de David establezca un modelo de liderazgo infantil. Lo que encuentro es una invitación a revisar nuestros criterios de reconocimiento.
¿A cuántos niños dejamos fuera de nuestras conversaciones, decisiones y oportunidades de servicio porque suponemos que todavía no tienen nada significativo que aportar?
Con frecuencia, organizamos la vida de la iglesia de tal manera que los adultos deciden, los adultos hablan, los adultos sirven y los niños observan. Después esperamos que, al crecer, esos mismos niños desarrollen iniciativa, compromiso y sentido de pertenencia.
Considero que debemos preguntarnos si algunas de nuestras prácticas no están enseñándoles, involuntariamente, que su contribución solo tendrá valor cuando sean mayores.
David me recuerda que la posición que una persona ocupa dentro de una estructura humana no determina por completo la relevancia que puede adquirir en el propósito de Dios. Por eso, la iglesia necesita aprender a mirar a los niños con atención, reconocer sus capacidades en desarrollo y abrir espacios adecuados para que participen.
- El muchacho de los panes y los peces: una contribución infantil dentro de la misión de Jesús
El relato de Juan 6:1-13 presenta a Jesús frente a una multitud numerosa. Ante la necesidad de alimentar a las personas, Andrés menciona a un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, aunque reconoce la aparente insuficiencia de esos alimentos ante la magnitud de la necesidad (Juan 6:9).
Juan utiliza la palabra griega paidárion para referirse al muchacho. El término designa a un niño o muchacho, pero no permite determinar su edad exacta. El evangelista tampoco nos proporciona su nombre, su historia familiar ni detalles sobre la manera en que llegó a tener esos alimentos.
Por tanto, debemos reconocer los límites del relato. Juan no afirma expresamente que Jesús le haya asignado al muchacho una misión profética, ni describe un diálogo en el que el niño entregue personalmente los panes. Lo que sí narra es que los alimentos asociados con él forman parte de la situación que Jesús toma en consideración antes de realizar el milagro.
La distinción importa porque no deseo atribuir al texto detalles que no contiene. Sin embargo, tampoco quiero pasar por alto su significado dentro de la narración.
Jesús no responde a la necesidad de la multitud únicamente señalando lo que falta. La historia avanza a partir de los recursos disponibles, por pequeños que parezcan ante la magnitud del desafío. Jesús toma los panes, da gracias y los distribuye entre quienes estaban sentados; posteriormente, todos comen hasta saciarse (Juan 6:10-13).
Aquí encuentro una imagen poderosa para pensar en la participación de los niños en la misión de Dios. Lo que aparece como insuficiente desde una perspectiva humana puede adquirir otro significado cuando se integra en la acción de Jesús.
No afirmo que el muchacho sea el protagonista principal del milagro. El texto atribuye a Jesús la iniciativa y la acción decisiva. Pero la presencia de los panes y los peces vinculados con ese muchacho nos invita a considerar que los recursos y las contribuciones de los niños no deben descartarse por anticipado.
En nuestras congregaciones, esos recursos pueden manifestarse de maneras sencillas: una oración, una idea, una palabra de ánimo, una expresión de generosidad o la disposición de ayudar a alguien. No todas estas acciones tienen que convertirse en acontecimientos extraordinarios para poseer valor espiritual.
El niño no necesita convertirse en adulto para que su contribución tenga significado en la obra de Dios.
La iglesia debe evitar tanto la subestimación como la idealización de la niñez. No debemos pensar que los niños son incapaces de contribuir, pero tampoco colocar sobre ellos la expectativa de realizar hazañas extraordinarias para demostrar su valor. La dignidad de un niño no depende de la magnitud de sus resultados.
El relato me invita a desarrollar una cultura eclesial en la que los niños tengan oportunidades reales, apropiadas para su edad, de participar en la misión cristiana. No solamente como espectadores de lo que hacen los adultos, sino como miembros de una comunidad que aprende, sirve y da testimonio de su fe.
- Del receptor al participante: implicaciones para una teología de la niñez
Al considerar estos cuatro relatos, encuentro una línea de reflexión que merece ser desarrollada con cuidado. Jeremías nos recuerda que la juventud no invalida automáticamente un llamado; Samuel aparece como un niño que escucha y responde a Dios; David es tomado en cuenta cuando otros no lo habían considerado inicialmente; y el muchacho de los panes y los peces queda vinculado a una situación en la que Jesús manifiesta su poder.
No sostengo que los cuatro relatos enseñen exactamente lo mismo. Sus géneros, circunstancias y propósitos narrativos son diferentes. Sin embargo, en conjunto, me permiten cuestionar una concepción de la niñez en la que el niño ocupa únicamente el lugar de quien recibe lo que los adultos le proporcionan.
Para mí, el cambio fundamental consiste en pasar de una visión exclusivamente receptiva de la niñez a una comprensión que también reconozca su capacidad de responder a Dios y participar en la vida de la comunidad cristiana.
Esta perspectiva coincide, en términos generales, con la propuesta de Segura (2015), quien invita a considerar a la niñez no solamente como destinataria de la acción pastoral, sino también como una realidad que aporta preguntas, experiencias y perspectivas relevantes a la reflexión teológica. Asimismo, Sánchez Cetina (2019), al abordar la relación entre el Reino de Dios y la niñez, contribuye a situar esta reflexión dentro de una lectura bíblica y pastoral más amplia.
Para mí, esto tiene implicaciones concretas para la manera en que diseñamos nuestros ministerios infantiles. Si consideramos que los niños son solamente receptores, nuestra principal preocupación será organizar mejores clases, preparar materiales más atractivos y transmitir información bíblica de manera eficaz. Todo esto puede ser valioso, pero no agota nuestra responsabilidad.
Si reconocemos a los niños como participantes, debemos preguntarnos también cómo pueden expresar su fe, ejercer sus dones en desarrollo, servir a otros, formular preguntas, participar en la oración comunitaria y contribuir, de manera apropiada para su edad, a la misión de la iglesia.
Esta participación no elimina la necesidad de formación. Por el contrario, la hace más significativa. Un niño que participa necesita adultos que le enseñen, lo acompañen y le ayuden a desarrollar discernimiento. La formación deja de ser una preparación indefinida para un futuro distante y se convierte en un proceso que capacita al niño para vivir su fe en el presente.
También considero indispensable establecer una distinción: reconocer al niño como sujeto del Reino no significa atribuirle autonomía absoluta ni trasladarle responsabilidades que corresponden a los adultos. La iglesia conserva su deber de protegerlo, respetar su desarrollo, escuchar su voz y evitar cualquier forma de manipulación espiritual.
La participación infantil debe ser real, pero también segura, acompañada y respetuosa de la dignidad del niño.
En este sentido, mi propuesta no consiste en desplazar a los adultos para colocar a los niños en su lugar. Consiste en construir una comunidad en la que ambos participen según sus capacidades y responsabilidades, reconociendo que la edad adulta no otorga a una persona el monopolio de la acción de Dios.
Conclusión: una iglesia que reconoce a los niños en el presente
Después de examinar estos relatos, reafirmo mi convicción de que necesitamos ampliar nuestra comprensión del lugar de la niñez en el Reino de Dios. Los niños necesitan recibir enseñanza, cuidado, orientación y protección. Pero no son únicamente destinatarios de estas acciones. También son personas capaces de responder a Dios, desarrollar una vida espiritual y participar en la misión de la comunidad cristiana.
Jeremías, Samuel, David y el muchacho de los panes y los peces no constituyen una demostración uniforme de que todos los niños reciben una asignación divina específica. Sí nos ofrecen, desde sus contextos particulares, motivos para cuestionar la idea de que la juventud excluye necesariamente a una persona de toda participación significativa en los propósitos de Dios.
Por eso, considero que la iglesia necesita revisar no solamente lo que enseña a los niños, sino también el lugar que les permite ocupar en su vida comunitaria. Necesitamos espacios donde puedan aprender, pero también servir; escuchar, pero también expresarse; recibir acompañamiento, pero también asumir responsabilidades adecuadas para su desarrollo.
Después de casi cuatro décadas de caminar en el ministerio infantil, esta reflexión me lleva a una pregunta que considero ineludible: ¿estamos formando niños para que algún día pertenezcan plenamente a la iglesia o estamos reconociendo que ya forman parte de ella?
No quiero que nuestra respuesta sea únicamente una declaración doctrinal. Quiero que se manifieste en nuestras decisiones, en nuestras estructuras ministeriales, en la manera en que escuchamos a los niños y en las oportunidades que les ofrecemos para vivir su fe. Mi convicción es que el niño no es solamente alguien a quien la iglesia ministra; es también alguien por medio de quien Dios puede obrar en la iglesia y en el mundo.
No necesitamos apresurar su infancia ni convertirlos en pequeños adultos para reconocer su valor. Necesitamos acompañarlos a ser niños que conocen a Cristo, crecen en la fe y encuentran maneras significativas de participar en su Reino. Quizá entonces dejaremos de preguntar solamente qué iglesia heredarán nuestros niños cuando sean adultos y comenzaremos a preguntarnos qué está haciendo Dios entre nosotros hoy por medio de ellos.
Los niños no son únicamente la iglesia que vendrá. Son parte de la iglesia que somos, y nuestra responsabilidad es ayudarlos a vivir esa realidad con fe, madurez y esperanza.
Referencias bibliográficas
Enduring Word. (s. f.). Jeremías 1: Comentario bíblico. https://es.enduringword.com/comentario-biblico/jeremias-1/
Sánchez Cetina, E. (2019). El Reino y la niñez: Un recorrido bíblico entre fe, niñez y juventud. Juanuno1 Publishing House.
Segura, H. (2015). Teología con rostro de niñez: Una perspectiva teológica de la infancia. Editorial CLIE.
Santa Biblia: Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas.
Comparte esto:
- Share on Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Share on WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Share on Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Email a link to a friend (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
- Imprimir (Se abre en una ventana nueva) Imprimir
- Share on Threads (Se abre en una ventana nueva) Hilos
Relacionado
Discover more from Ministerio Infantil Arcoíris
Subscribe to get the latest posts sent to your email.