“No somos un ministerio grande, pero sí somos un gran ministerio”

Cuando obedecer no significa dejar de pensar

Cuando obedecer no significa dejar de pensar

Criar hijos respetuosos, pero también capaces de reconocer cuándo algo está mal

Como padres cristianos deseamos hijos obedientes. La Biblia enseña a los hijos a obedecer a sus padres y honra la autoridad dentro de la familia. Sin embargo, la meta de la crianza cristiana no debería ser producir niños que obedezcan automáticamente a cualquier persona que tenga autoridad sobre ellos.

Hay una diferencia enorme entre enseñar obediencia y enseñar obediencia ciega.

Nuestro objetivo es formar hijos que amen a Dios, respeten la autoridad, escuchen instrucciones y acepten corrección, pero que al mismo tiempo desarrollen sabiduría, discernimiento, criterio y valor para decir «no» cuando alguien les pide hacer algo incorrecto, peligroso o contrario a la Palabra de Dios.

La obediencia bíblica tiene una autoridad superior

Efesios 6:1 dice:

«Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.»

Hay una expresión importante: «en el Señor».

La autoridad humana nunca ocupa el lugar de Dios. Padres, maestros, pastores, líderes y otras figuras de autoridad podemos equivocarnos.

La Escritura nos presenta incluso situaciones en las que obedecer a Dios significó negarse a cumplir una orden humana injusta. Las parteras hebreas recibieron la orden de matar a los niños varones, pero temieron a Dios y no obedecieron aquella orden (Éxodo 1:15-21). Daniel continuó orando a Dios a pesar del decreto del rey (Daniel 6). Y los apóstoles declararon:

«Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.» — Hechos 5:29

Por eso, enseñar discernimiento no destruye el principio de autoridad. Le proporciona un fundamento correcto.

«Porque yo lo digo» no puede ser nuestra única herramienta

Hay momentos en los que un niño simplemente debe seguir una instrucción: «No cruces la calle», «Suelta eso», «Ven conmigo». Especialmente ante un peligro inmediato, no siempre existe tiempo para una larga explicación.

El problema aparece cuando toda nuestra crianza funciona mediante frases como:

«Porque yo mando.»«No cuestiones.»«No me contestes.»«Los adultos saben más.»

Si constantemente castigamos cualquier pregunta como si fuera rebeldía, podemos transmitir involuntariamente una enseñanza peligrosa: «Cuando alguien con autoridad te ordena algo, tu responsabilidad es obedecer y callar».

Pero llegará el día en que nosotros no estaremos presentes.

Nuestro hijo tendrá profesores, entrenadores, líderes, compañeros, supervisores y otras personas con diferentes grados de influencia. Necesitará saber distinguir entre una instrucción legítima y una petición inapropiada.

Preguntar no es necesariamente desobedecer

Un niño puede preguntar «¿por qué?» sin estar desafiando nuestra autoridad.

A veces está intentando comprender.

Podemos enseñarles una manera respetuosa de preguntar:

«Mamá, ¿puedo preguntarte por qué?»

Y nosotros podemos responder:

«Sí. Primero necesito que hagas esto porque hay peligro y después te lo explico.»

Así enseñamos dos cosas simultáneamente: respeto y pensamiento.

Queremos que nuestros hijos aprendan a escuchar, pero también a razonar; a recibir consejos, pero también a compararlos con los principios que les hemos enseñado.

Proverbios 14:15 expresa muy bien este equilibrio:

«El simple todo lo cree; mas el avisado mira bien sus pasos.»

Enseñémosles que pueden decir «NO»

Esta enseñanza es especialmente importante para la protección infantil.

Un niño necesita saber que ningún adulto obtiene permiso ilimitado sobre su cuerpo, sus secretos o su conciencia simplemente porque sea adulto o tenga autoridad.

Conviene enseñar frases concretas:

«No quiero.»«Eso me hace sentir incómodo.»«No voy a guardar ese secreto.»«Necesito preguntarle primero a mis papás.»«Voy a contárselo a un adulto de confianza.»

Y quizá una de las enseñanzas más importantes:

«Si alguien te pide que ocultes de nosotros algo que te asusta, te lastima o te hace sentir incómodo, puedes contárnoslo. No tendrás problemas por decírnoslo.»

Esto no produce niños irrespetuosos. Produce niños que saben que su voz importa y que pueden pedir ayuda.

Cuidado con exigir lo que nosotros mismos no modelamos

Existe además una pregunta incómoda pero necesaria: ¿queremos obediencia o queremos formar carácter?

No podemos exigir respeto mientras humillamos. No podemos enseñar dominio propio gritando. No podemos enseñar honestidad mintiendo. No podemos pedir que nuestros hijos reconozcan sus errores si nosotros jamás decimos:

«Hijo, me equivoqué. Perdóname.»

La autoridad saludable no teme reconocer sus errores.

De hecho, cuando un padre pide perdón no pierde autoridad. Le enseña a su hijo qué hacer cuando uno se equivoca.

De la obediencia al discernimiento

Cuando son pequeños, gran parte de nuestra responsabilidad consiste en establecer límites. Pero mientras crecen debemos ir transfiriéndoles progresivamente algo mucho más importante: criterio.

En lugar de preguntar solamente:

«¿Me obedeció?»

también podemos preguntarnos:

«¿Está aprendiendo por qué esto es correcto?»«¿Sabe reconocer una situación peligrosa?»«¿Puede expresar desacuerdo respetuosamente?»«¿Sabe acudir a nosotros sin miedo?»«¿Está aprendiendo a tomar decisiones conforme a la Palabra de Dios?»

Porque nuestros hijos no permanecerán niños para siempre.

La meta no es criar hijos controlables

La meta tampoco es criar hijos que cuestionen absolutamente todo o consideren cualquier límite una amenaza a su libertad. Los niños necesitan autoridad, corrección, límites y consecuencias.

El equilibrio bíblico es mucho más hermoso:

Obediencia sin sometimiento ciego.

Respeto sin miedo.

Autoridad sin autoritarismo.

Preguntas sin insolencia.

Límites acompañados de amor.

Discernimiento fundamentado en la Palabra de Dios.

Estamos preparando a nuestros hijos para un mundo en el que nosotros no podremos tomar todas sus decisiones.

Por eso, más que criar a un niño que simplemente haga todo lo que un adulto le diga, procuremos formar una persona que conozca la verdad, ame lo bueno, respete correctamente la autoridad, detecte lo que está mal y tenga suficiente seguridad para decir «no» cuando sea necesario.

Y, sobre todo, que aprenda que por encima de cualquier voz humana existe una autoridad mayor:

Dios y su Palabra.

❤️ Para reflexionar como padres

¿Estoy enseñando a mi hijo solamente a obedecerme, o también lo estoy preparando para tomar buenas decisiones cuando yo no esté presente?

Esa segunda tarea es más difícil. Pero también es una de las partes más importantes de criar con propósito.

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