“No somos un ministerio grande, pero sí somos un gran ministerio”

Comprendiendo la herida más profunda de las personas privadas de la libertad

EL GRAN DOLOR

Comprendiendo la herida más profunda de las personas privadas de la libertad

Entrar por primera vez a una prisión como persona privada de la libertad es una experiencia que transforma la vida para siempre.

El sonido de las puertas metálicas, los largos pasillos, el eco de los pasos, las rejas, el uniforme, la pérdida del nombre para convertirse en un número y la incertidumbre sobre el futuro producen un impacto emocional difícil de describir.

Quien nunca ha vivido esa experiencia difícilmente puede comprender lo que siente un interno durante sus primeras horas de encarcelamiento.

Muchos imaginan que el mayor sufrimiento dentro de una prisión es la comida, el espacio reducido o las normas estrictas.

Sin embargo, quienes han estado allí saben que existe un dolor mucho más profundo.

La pérdida de la libertad

La prisión representa mucho más que paredes y barrotes.

Representa la pérdida de la libertad.

De pronto la persona descubre que ya no puede decidir cuándo salir, cuándo abrazar a sus hijos, visitar a sus padres, caminar por una calle o simplemente contemplar un amanecer fuera de un muro.

Todo aquello que antes parecía cotidiano adquiere un valor inmenso cuando deja de estar disponible.

La libertad solamente se aprecia plenamente cuando se pierde.

El dolor de la separación

Después del impacto inicial aparece otra herida aún más profunda.

La separación.

El interno no solamente pierde su libertad.

También pierde la cercanía con las personas que ama.

Muchos padres sufren porque no pueden ver crecer a sus hijos.

Muchos hijos extrañan profundamente a sus padres.

Los esposos y esposas enfrentan la incertidumbre de una relación puesta a prueba por la distancia.

Las familias también cumplen una condena emocional.

Mientras una persona está tras las rejas, toda una familia experimenta tristeza, ansiedad, vergüenza, incertidumbre y dolor.

Por eso suele decirse que cuando una persona entra en prisión, muchas veces toda la familia comienza también una forma diferente de encarcelamiento emocional.

Las luchas invisibles

Con frecuencia el interno enfrenta pensamientos como:

  • ¿Seguirán esperándome?
  • ¿Mis hijos me olvidarán?
  • ¿Mi esposa o esposo permanecerá conmigo?
  • ¿Qué estarán haciendo ahora?
  • ¿Podré recuperar mi vida cuando salga?

Estas preguntas producen ansiedad, miedo, tristeza e incluso depresión.

Algunos desarrollan una coraza emocional para evitar sufrir.

Otros intentan llenar el vacío mediante fantasías, relaciones poco saludables, consumo de sustancias o aislamiento.

Algunos pierden completamente la esperanza.

Lo que debe comprender un capellán

Un capellán no puede limitarse a observar el uniforme de un interno.

Debe aprender a mirar el corazón.

Detrás de cada persona privada de la libertad existe una historia.

Hay heridas.

Hay pérdidas.

Hay culpa.

Hay vergüenza.

Hay arrepentimiento.

Y, muchas veces, existe un profundo deseo de volver a empezar.

El ministerio de capellanía comienza cuando dejamos de ver únicamente el delito y comenzamos a ver la persona creada a imagen de Dios.

La importancia de la empatía

La mayoría de los voluntarios nunca ha estado en prisión.

Sin embargo, sí han experimentado alguna forma de separación.

Tal vez la pérdida de un ser querido.

Una enfermedad.

Una migración.

Un servicio militar.

Una hospitalización prolongada.

Esas experiencias pueden ayudar al capellán a desarrollar empatía.

La empatía no consiste en decir: “Sé exactamente cómo te sientes.”

Consiste en reconocer con humildad:

“Tal vez nunca experimente exactamente tu dolor, pero quiero escucharte, caminar contigo y recordarte que Dios no te ha abandonado.”

El poder de la presencia

Muchas veces el interno no necesita primero una conferencia.

Necesita alguien que lo escuche.

Alguien que no lo juzgue.

Alguien que ore con él.

Alguien que le recuerde que Cristo todavía lo ama.

La presencia compasiva abre puertas que ningún argumento puede abrir.

Antes de hablar, el capellán debe aprender a escuchar.

Antes de corregir, debe aprender a comprender.

Antes de enseñar, debe demostrar el amor de Cristo.

Un ministerio de esperanza

El evangelio tiene poder para transformar cualquier vida.

No existe prisión capaz de impedir que Dios obre en el corazón humano.

La gracia alcanza tanto al que vive en un palacio como al que vive en una celda.

Jesús sigue entrando donde muchos creen que ya no existe esperanza.

El capellán es llamado a ser un instrumento de esa esperanza.

No lleva únicamente estudios bíblicos.

Lleva la presencia de Cristo.

No visita simplemente una prisión.

Visita personas por quienes Jesús murió.

Principios para el capellán

  • Mire a la persona antes que al delito.
  • Escuche más de lo que habla.
  • Sea sensible al dolor de la separación familiar.
  • No minimice el sufrimiento del interno.
  • Transmita esperanza basada en el evangelio.
  • Ore con compasión y sin prejuicios.
  • Recuerde siempre que el objetivo no es solo acompañar, sino conducir a las personas hacia una relación restauradora con Jesucristo.

Versículo clave

“Acuérdense de los presos, como si ustedes mismos estuvieran presos con ellos; y de los que son maltratados, como si ustedes mismos estuvieran sufriendo.”
Hebreos 13:3

Frase para recordar

“El capellán no visita únicamente una prisión; entra en el lugar donde muchas personas creen que su historia terminó, para recordarles que, en Cristo, siempre puede comenzar una nueva.”

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