El Poderoso adulto significativo
Resumen
La formación de la niñez constituye una responsabilidad familiar, comunitaria y espiritual que no puede reducirse a la transmisión de conocimientos o al cumplimiento de programas educativos. Desde una perspectiva bíblico-teológica, las relaciones entre adultos y niños pueden convertirse en espacios de protección, pertenencia, formación de identidad y apertura de posibilidades para el futuro. Este ensayo examina cuatro testimonios bíblicos: la hija del faraón y Moisés; Mardoqueo y Ester; Loida, Eunice y Timoteo; y Jesús y los niños. A partir de estos relatos, reflexiono sobre el significado del adulto significativo, especialmente cuando el cuidado trasciende los vínculos biológicos, cuando la formación ocurre en contextos culturales complejos y cuando la comunidad religiosa debe reconocer la dignidad y participación de la niñez. La reflexión distingue entre el contenido explícito de los textos bíblicos, su interpretación teológica y sus posibles aplicaciones contemporáneas. Finalmente, propone un desafío a las familias, las iglesias y los educadores: mirar a cada niño no solamente desde sus necesidades actuales, sino también desde las posibilidades de vida que pueden desarrollarse cuando encuentra adultos comprometidos con su bienestar integral.
Palabras clave: teología de la niñez, adulto significativo, crianza, discipulado infantil, identidad cultural, formación espiritual.
Introducción: los adultos que participan en el futuro de un niño
Hay preguntas que pueden acompañarnos durante muchos años: ¿quién creyó en nosotros cuando todavía no sabíamos lo que podíamos llegar a ser? ¿Quién nos protegió cuando éramos vulnerables? ¿Quién vio algo valioso en nuestra vida cuando nuestras posibilidades todavía no eran evidentes?
Estas preguntas no son solamente emocionales. También son familiares, educativas, sociales y teológicas, porque nos obligan a considerar el alcance de nuestras relaciones con la niñez. En ocasiones, un adulto aparece en la historia de un niño durante una etapa breve, pero su intervención puede abrir posibilidades que de otra manera habrían permanecido cerradas. En otras ocasiones, el impacto se construye lentamente mediante la presencia cotidiana, la enseñanza, la protección y el acompañamiento.
Al reflexionar sobre el tema del adulto significativo, considero importante superar una comprensión limitada de la crianza. No es sólo proporcionar alimento, vivienda, educación o instrucción religiosa. Todas estas responsabilidades son importantes, pero el desarrollo integral de un niño también se relaciona con la calidad de sus vínculos, con la seguridad que encuentra en ellos y con las oportunidades que recibe para construir una identidad propia y participar en su comunidad.
La Biblia ofrece relatos que permiten examinar esta responsabilidad desde distintas perspectivas. En Éxodo 2, la hija del faraón interviene en la vida de un bebé hebreo cuya existencia estaba amenazada. En Ester 2, Mardoqueo asume la responsabilidad de criar a una niña que ha perdido a sus padres. En 2 Timoteo, la fe transmitida por Loida y Eunice aparece vinculada con la formación espiritual de una nueva generación. Y, en los Evangelios, Jesús confronta las barreras que los adultos levantan para impedir que los niños se acerquen a él. Estos son algunos ejemplos de poderosos adultos significativos que fueron más allá de ser simples figuras pasajeras en la vida de algunos niños.
Mi argumento central es que la Escritura presenta el cuidado de la niñez como una responsabilidad que puede expresarse en la protección de la vida, la construcción de pertenencia, la transmisión de la fe y el reconocimiento de la dignidad infantil. Leídos con atención a sus contextos, estos relatos ofrecen fundamentos para una comprensión del adulto significativo que trasciende la consanguinidad y desafía a la familia y a la iglesia a asumir una responsabilidad más consciente frente al presente y al futuro de cada niño.
- La hija del faraón y Moisés: cuidar una vida que pertenece a otro mundo
El relato de Éxodo 2:1–10 presenta una escena profundamente significativa. Un bebé hebreo, nacido en un contexto de opresión y amenaza, es colocado en una arquilla entre los juncos del río. La hija del faraón lo encuentra, reconoce que se trata de un niño hebreo y, al verlo llorar, siente compasión por él. A pesar de pertenecer a la casa real egipcia, decide protegerlo y darle un lugar en su propia vida.
Antes de reflexionar sobre la hija del faraón, es necesario reconocer la intervención de la madre de Moisés. Jocabed, aunque el pasaje no la nombra directamente —su nombre aparece en Éxodo 6:20—, actúa para preservar la vida de su hijo en circunstancias de enorme peligro. Ambas mujeres participan, desde posiciones sociales diferentes, en una historia de protección. Agregare una más, Miriam, la valiente hermana de el bebe, que a pesar del miedo se atreve a vigilar sigilosamente por el bienestar del niño.
Sin embargo, quiero detenerme en la hija del faraón porque su participación cuestiona una idea muy extendida: que la responsabilidad más profunda por un niño pertenece exclusivamente a sus padres biológicos.
La hija del faraón no pertenece al pueblo hebreo. Forma parte de la casa real de la potencia que oprime a ese pueblo. La narración, por tanto, coloca el cuidado del niño en una relación atravesada por diferencias de origen, identidad y poder. Ella reconoce la vulnerabilidad del bebé y responde con compasión. No podemos afirmar que comprendía el destino futuro de Moisés, ni que anticipaba que aquel niño llegaría a convertirse en libertador de Israel. El texto no nos dice eso. Lo que sí muestra es que su decisión de recibirlo permitió que su vida continuara.
Esta distinción es fundamental: la hija del faraón no necesitó conocer el futuro de Moisés para actuar responsablemente en su presente.
Desde una lectura teológica, su gesto nos invita a reconocer que el valor de un niño no depende de su procedencia, de su pertenencia cultural ni de la utilidad que pudiera tener en el futuro. El niño merece protección porque es una vida vulnerable que está delante de nosotros. Sin embargo, cuando protegemos esa vida, también preservamos posibilidades que todavía no alcanzamos a imaginar.
Quine (2021) destaca precisamente la importancia de reconocer a la hija del faraón como una figura materna en la historia de Moisés, en lugar de relegar su participación frente a la de la madre biológica. Su análisis permite ampliar nuestra comprensión de la maternidad y del cuidado más allá de una definición exclusivamente sanguínea.
Una lectura cultural del cuidado
Este relato también tiene implicaciones para nuestras sociedades contemporáneas, donde muchos niños crecen en contextos de migración, desplazamiento, diversidad lingüística o separación familiar. Hay niños que llegan a una iglesia sin dominar el idioma de la mayoría; otros crecen entre los valores culturales de sus padres y los de la sociedad en la que en ese momento están. Algunos atraviesan circunstancias que los adultos no comprendemos por completo.
Ante esa realidad, me pregunto: ¿somos capaces de cuidar a un niño cuya historia cultural es diferente de la nuestra? ¿Podemos recibirlo sin exigirle que deje de ser quien es para merecer nuestra atención? ¿Estamos dispuestos a reconocer sus necesidades incluso cuando su familia, su idioma o sus costumbres nos resultan poco familiares?
La hija del faraón no comparte la identidad del niño que protege. Y aunque el relato no desarrolla una teoría moderna sobre diversidad cultural, sí nos permite observar una acción concreta: la diferencia no impide la compasión. Esto no significa idealizar toda relación intercultural ni ignorar las desigualdades de poder. Significa que la responsabilidad de cuidar puede atravesar fronteras que normalmente separan a las personas.
Desde mi reflexión, la iglesia necesita recuperar esta dimensión del cuidado. No basta con abrir las puertas de un salón infantil; también debemos preguntarnos si los niños que llegan encuentran un espacio donde su historia, su idioma y su dignidad son respetados. La pregunta no es únicamente si estamos preparados para enseñarles. También es si estamos dispuestos a recibirlos desde este entendimiento.
El futuro que todavía no vemos
Moisés llegaría a desempeñar un papel decisivo en la historia de Israel. La narración bíblica conecta la preservación de su vida con acontecimientos posteriores de liberación. No obstante, sería incorrecto afirmar que la hija del faraón conocía de antemano ese desenlace.
Precisamente ahí encuentro una enseñanza importante para darle el nivel de poderoso al adulto significativo: no necesitamos conocer el destino de un niño para comprender la importancia de proteger su vida, acompañar su desarrollo y ofrecerle oportunidades. A veces, los adultos evaluamos a los niños desde sus resultados presentes. Observamos sus dificultades académicas, su conducta, sus habilidades o sus limitaciones, y corremos el riesgo de convertir esas observaciones en definiciones permanentes. Pero la infancia es una etapa de desarrollo, no una sentencia sobre el futuro.
Un niño que hoy necesita ayuda para comunicarse puede desarrollar formas valiosas de expresión. Uno que atraviesa dificultades familiares puede encontrar relaciones que contribuyan a su seguridad. Una niña que todavía no reconoce sus capacidades puede descubrirlas cuando alguien le ofrece oportunidades para aprender y participar.
No podemos garantizar los resultados, ni debemos imponer a los niños el destino que nosotros imaginamos para ellos. Pero sí podemos contribuir a que encuentren mejores condiciones para crecer.
El relato de Moisés me lleva a esta convicción: el adulto significativo no necesita ser protagonista de la historia futura del niño; necesita comprender que su intervención presente puede ayudar a que esa historia continúe.
- Mardoqueo y Ester: pertenencia, identidad y visión de futuro
Ester 2:5–11 presenta a Mardoqueo como un judío que vive en el contexto del Imperio persa. El texto explica que Ester, llamada también Hadasa, había quedado huérfana de padre y madre. Mardoqueo la tomó como hija propia y asumió su crianza (Ester 2:7).
Esta declaración es breve, pero posee un enorme significado. Antes de que Ester aparezca en la historia como reina, antes de su intervención en favor de su pueblo y antes de las decisiones que la convertirán en una figura central del relato, la encontramos como una niña que ha perdido a sus padres y necesita cuidado.
La narración no comienza con su posición política futura. Comienza con una relación de responsabilidad.
Mardoqueo no aparece solamente como un familiar que vigila a una niña desde cierta distancia. El texto lo describe como alguien que la cría como hija propia. Esta expresión permite reconocer una forma de pertenencia que no depende únicamente del vínculo biológico, sino también de la responsabilidad asumida y del cuidado proporcionado.
La familia como una relación de responsabilidad
Desde una perspectiva cultural, el relato nos sitúa en una sociedad antigua organizada mediante vínculos familiares, pertenencias étnicas y estructuras imperiales. Ester forma parte de una comunidad judía que vive bajo el poder persa. Su historia se desarrolla, además, en un entorno donde su identidad personal y cultural convive con las exigencias de la corte real.
El texto menciona tanto su nombre hebreo, Hadasa, como su nombre persa, Ester. No debemos construir una teoría completa de identidad cultural únicamente a partir de estos nombres, pero su presencia en el relato permite observar que la vida de Ester se desarrolla en un espacio de contacto entre identidades.
Mardoqueo participa en su formación antes de que ella tenga que desenvolverse en ese mundo más amplio. Su responsabilidad no elimina los desafíos que Ester enfrentará, pero establece una relación de cuidado y continuidad en medio de la vulnerabilidad.
Aquí encuentro una enseñanza importante para las familias que crían niños entre dos culturas. La identidad de un niño no se construye solamente mediante instrucciones sobre lo que debe conservar o abandonar. También se forma a través de las relaciones que le ofrecen pertenencia, apego, seguridad y oportunidades para comprender su historia.
Un niño puede aprender a vivir en una sociedad distinta de la de sus padres sin que eso signifique despreciar su origen. Puede adquirir nuevas formas de comunicación sin perder necesariamente la riqueza de su idioma familiar. Puede desarrollar una identidad capaz de dialogar con diferentes mundos culturales.
Para ello necesita adultos que no conviertan la diferencia en una fuente permanente de conflicto, sino que lo acompañen a encontrar sentido, continuidad y posibilidades de participación.
Cuidar también es preparar para una vida que no controlamos
La historia de Ester presenta una dimensión adicional. Mardoqueo no solamente la recibe y la cría; el relato muestra que continúa pendiente de ella cuando llega al palacio (Ester 2:11). Más adelante, cuando surge la amenaza contra el pueblo judío, ambos participan en una conversación decisiva sobre la responsabilidad de Ester frente a su posición (Ester 4:12–14).
Es importante ser cuidadosos con nuestra interpretación. El texto no afirma explícitamente que Mardoqueo supiera desde la infancia que Ester llegaría a ser reina o que hubiera previsto todos los acontecimientos posteriores. Afirmar eso iría más allá de lo que podemos demostrar. Lo que sí podemos observar es que su relación con ella precede a su posición pública y continúa siendo relevante cuando debe tomar decisiones de gran importancia.
Desde una lectura retrospectiva, podemos reconocer que la niña a quien Mardoqueo crió llegó a desempeñar un papel decisivo en la preservación de su pueblo. El relato invita a considerar la continuidad entre el cuidado recibido, la identidad que se desarrolla y las responsabilidades que una persona puede asumir posteriormente. Esto no significa que el cuidado garantice una trayectoria determinada, sino que la formación y la pertenencia pueden ser recursos importantes cuando llegan momentos decisivos.
Aquí aparece una idea que considero esencial para la crianza: educar a un niño no consiste en diseñarle un futuro, sino en ayudarle a desarrollar las capacidades, la identidad y el criterio con los que podrá responder a su propio futuro.
Mardoqueo no podía controlar todas las circunstancias que rodearían a Ester. Tampoco podía tomar por ella todas las decisiones que tendría que enfrentar. Sin embargo, la relación que construyó con ella fue parte de su historia antes de que el mundo conociera su nombre.
En este sentido, su ejemplo me desafía a revisar una tendencia adulta: muchas veces queremos controlar el futuro de los niños en lugar de prepararlos para vivirlo. Queremos elegir cada paso, evitar toda dificultad y asegurar resultados. Pero formar integralmente implica acompañar sin apropiarnos de la vida del niño; orientar sin anular su capacidad de decidir; transmitir convicciones sin impedir que madure en su comprensión de ellas.
La visión de futuro del adulto significativo no consiste en adivinar quién llegará a ser el niño. Consiste en reconocer que su vida está en desarrollo y merece una inversión responsable desde hoy.
- Loida, Eunice y Timoteo: la fe que se transmite a través de las generaciones
En 2 Timoteo 1:5, Pablo recuerda la fe sincera que habitó primero en Loida, la abuela de Timoteo, y en Eunice, su madre, y que también reconoce en el propio Timoteo. Más adelante, en 2 Timoteo 3:14–15, relaciona la formación de Timoteo con las enseñanzas recibidas desde la niñez y con su conocimiento de las Sagradas Escrituras.
Estos pasajes permiten observar un proceso de formación espiritual que no se reduce a una experiencia aislada. La fe aparece vinculada con una historia de transmisión, aprendizaje y ejemplo.
Loida y Eunice no ocupan en el Nuevo Testamento el mismo espacio narrativo que Pablo, ni se nos ofrecen muchos detalles de su vida cotidiana. Sin embargo, el reconocimiento que reciben en la carta es significativo: la formación de Timoteo no comienza cuando se convierte en colaborador de Pablo. Tiene raíces anteriores, en la vida familiar y en las enseñanzas recibidas desde niño.
He aquí una contribución importante para la teología del discipulado infantil. La formación espiritual no debe entenderse únicamente como la actividad que ocurre durante una clase bíblica o un servicio para niños. También se desarrolla en la vida cotidiana, en las conversaciones familiares, en la forma en que los adultos practican aquello que enseñan y en las preguntas que permiten al niño construir su comprensión de la fe.
La formación ocurre dentro de una cultura concreta
Hechos 16:1 informa que Timoteo tenía una madre judía creyente y un padre griego. El texto no nos proporciona una descripción completa de la dinámica familiar, por lo que no sería responsable afirmar que conocemos todos sus acuerdos o conflictos. Sí podemos reconocer que Timoteo creció en un contexto donde convergían distintas pertenencias culturales y religiosas.
Esta realidad nos ayuda a evitar una comprensión excesivamente uniforme de la formación espiritual. Las familias no transmiten la fe en el vacío. Lo hacen dentro de culturas, lenguas, tradiciones y circunstancias históricas particulares.
Para muchas familias migrantes, esta experiencia resulta especialmente cercana. Los padres pueden desear que sus hijos conserven su idioma y sus convicciones, mientras los niños aprenden a desenvolverse en una sociedad que les presenta otros referentes. En ese proceso, la formación espiritual puede convertirse en un puente entre generaciones o en un motivo de tensión, dependiendo de cómo se acompañe.
La historia de Loida y Eunice no ofrece una fórmula para resolver todas estas complejidades. Sin embargo, nos permite reconocer la importancia de la transmisión intergeneracional y de la presencia de adultos que contribuyen a la formación de la fe.
No solamente enseñar la Biblia, sino vivir una fe que pueda ser observada
El lenguaje de Pablo destaca la sinceridad de la fe que reconoce en estas mujeres. Esto nos permite reflexionar sobre la relación entre lo que un adulto enseña y lo que un niño observa.
Un niño puede aprender nombres de personajes bíblicos, memorizar versículos y participar en actividades religiosas. Todo ello puede ser valioso. Pero también observa cómo los adultos resuelven los conflictos, cómo tratan a quienes tienen menos poder, cómo reconocen sus errores y cómo responden cuando sus convicciones son puestas a prueba.
Por eso, el discipulado infantil no debería limitarse a transmitir información religiosa. Necesita relaciones en las que la fe pueda ser conocida, conversada, cuestionada con respeto y observada en la práctica.
Esta afirmación no significa que el ejemplo adulto sea suficiente por sí solo ni que la fe de un niño pueda producirse mecánicamente mediante una buena crianza. La respuesta espiritual de cada persona implica una dimensión propia que no podemos controlar. Tampoco debemos cargar a las familias con la idea de que todo resultado futuro será responsabilidad exclusiva de sus padres o abuelos.
Lo que sí podemos afirmar es que los adultos tienen una responsabilidad real en las condiciones de formación que ofrecen. Pueden facilitar el acceso a las Escrituras, crear espacios seguros para las preguntas, acompañar las dudas y mostrar que la fe cristiana tiene consecuencias concretas en la manera de vivir.
Desde mi reflexión, Loida y Eunice nos recuerdan que la influencia más profunda no siempre es la más visible. A veces, la formación de una nueva generación se desarrolla lejos de los escenarios públicos, mediante conversaciones y prácticas que nadie aplaude, pero que contribuyen a construir una vida.
La pregunta para nuestras iglesias es inevitable: ¿estamos preparando actividades para que los niños aprendan contenidos cristianos, o estamos formando comunidades de adultos cuya vida también pueda acompañarlos en su crecimiento espiritual?
- Jesús y los niños: dignidad, inclusión y una transformación de la mirada adulta
En Marcos 10:13–16, algunas personas llevan niños a Jesús para que los toque, pero los discípulos intentan impedirlo. Jesús se indigna, los llama a acercarse y declara que el Reino de Dios pertenece a quienes lo reciben como un niño. Después los recibe en sus brazos, pone sus manos sobre ellos y los bendice.
Este relato ocupa un lugar fundamental en cualquier reflexión cristiana sobre la niñez. No porque resuelva por sí solo todas las preguntas contemporáneas sobre el desarrollo infantil, sino porque revela una actitud de Jesús frente a los niños y confronta la manera en que los adultos pueden limitar su acceso a la comunidad y a la bendición.
Los discípulos, al intentar detenerlos, se convierten en una barrera. Jesús, en cambio, corrige esa exclusión y los recibe. El contraste es profundamente significativo: quienes acompañaban a Jesús creyeron que podían decidir quién merecía acercarse a él, pero Jesús cuestionó esa decisión.
Spitaler (2009), al estudiar Marcos 10:13–16, analiza cómo el pasaje vincula la recepción de un niño con la recepción del Reino de Dios y cómo su significado se relaciona con la enseñanza anterior sobre la acogida de un niño en Marcos 9:33–37. Su trabajo ayuda a reconocer que el texto no debe reducirse a una escena sentimental; forma parte de una reflexión narrativa sobre el Reino, la acogida y el discipulado.
El niño no es una interrupción del ministerio
La escena presenta una pregunta que todavía tiene vigencia: ¿qué ocurre cuando los adultos consideran que los niños estorban las actividades que consideran verdaderamente importantes?
En ciertos contextos eclesiales, los niños son bienvenidos siempre que permanezcan en espacios separados, no hagan demasiado ruido y no alteren el desarrollo de las reuniones. En otros, sus preguntas se consideran poco importantes, sus emociones se interpretan como falta de disciplina y su participación se posterga hasta que tengan edad suficiente para asumir responsabilidades adultas.
No toda organización por edades constituye exclusión; los espacios adaptados a las necesidades infantiles pueden ser valiosos y necesarios. El problema aparece cuando la separación comunica que los niños son menos importantes, que su presencia es una molestia o que su participación espiritual carece de valor. Jesús no trata a los niños como obstáculos que debe tolerar. Los recibe activamente. La narración muestra una respuesta corporal y relacional: los abraza, los toca y los bendice. Su acogida no es una idea abstracta, sino una acción concreta.
Desde una lectura teológica, esto nos obliga a revisar nuestras prácticas. No basta con declarar que los niños son importantes. Debemos examinar si nuestras estructuras, decisiones y relaciones realmente les permiten ser vistos, escuchados, protegidos y acompañados.
La niñez como participante en el Reino
La enseñanza de Jesús también cuestiona una concepción exclusivamente adultocéntrica de la vida espiritual. Los adultos suelen asumir que son quienes poseen el conocimiento, toman las decisiones y determinan las formas legítimas de participación. Los niños quedan ubicados en la posición de receptores, como si su única función fuera prepararse para una futura pertenencia.
Sin embargo, el relato de Marcos no presenta a Jesús diciendo que los niños podrán acercarse al Reino cuando sean adultos. Los recibe en el presente. Esto no significa atribuir a los niños capacidades adultas ni desconocer que necesitan protección, orientación y acompañamiento. Significa reconocer que su dignidad espiritual no está suspendida hasta que alcancen cierta edad.
En mi reflexión, esta es una de las contribuciones más importantes del pasaje a la teología de la niñez: los niños no son solamente el futuro de la iglesia; son personas que forman parte de la comunidad presente y cuya dignidad exige una respuesta concreta de los adultos.
Esta convicción tiene consecuencias para el discipulado infantil. Los niños necesitan aprender las Escrituras, pero también requieren oportunidades adecuadas a su desarrollo para expresarse, preguntar, servir, participar y descubrir cómo vivir su fe en relación con otros. Necesitan adultos que los guíen sin silenciarlos y que ejerzan autoridad sin convertirla en una barrera para su participación.
La pregunta no es si los niños deben recibir formación. Por supuesto que la necesitan. La pregunta es si nuestra manera de formarlos refleja el modo en que Jesús los recibió.
- Una reflexión crítica: del adulto que enseña al adulto que asume responsabilidad
Los cuatro relatos presentan contextos diferentes. La hija del faraón interviene para preservar una vida vulnerable; Mardoqueo asume la crianza de una niña huérfana; Loida y Eunice participan en la transmisión intergeneracional de la fe; Jesús recibe a los niños y confronta la exclusión que ejercen los adultos.
No sería adecuado afirmar que todos estos personajes cumplen exactamente la misma función o que los textos fueron escritos para formular una teoría contemporánea del adulto significativo. Se trata de narraciones con contextos, propósitos literarios y dimensiones teológicas diferentes. La relación entre ellas es una construcción interpretativa que debe justificarse, no darse por sentada.
Aun con esta precaución, encuentro un hilo común: cada relato nos lleva a considerar la responsabilidad de los adultos ante la vida y la formación de la niñez.
Esta responsabilidad puede expresarse de diversas maneras:
- Proteger: reconocer la vulnerabilidad infantil y actuar en favor de la seguridad y el bienestar del niño.
- Ofrecer pertenencia: construir relaciones en las que el niño sea recibido y tratado con dignidad, incluso cuando no existe un vínculo biológico directo.
- Formar: acompañar el desarrollo de convicciones, conocimientos, identidad y criterio sin pretender controlar todos los resultados.
- Incluir: crear espacios donde los niños puedan participar de manera apropiada a su edad y ser reconocidos como miembros presentes de la comunidad.
Estas dimensiones no sustituyen las responsabilidades específicas de padres, tutores, docentes, pastores o instituciones. Tampoco implican que cualquier adulto deba asumir indistintamente un papel parental. La cercanía con la niñez requiere límites claros, respeto, protección y responsabilidad. Un adulto significativo no es simplemente alguien que ejerce influencia; es alguien cuya presencia contribuye al bienestar y al desarrollo del niño de una manera segura y responsable.
También debemos evitar convertir la idea de proyección futura en una exigencia sobre los niños. No todos llegarán a ser figuras públicas, líderes religiosos, profesionales destacados o personas reconocidas por la sociedad. El valor de su vida no depende de alcanzar una posición extraordinaria. Moisés y Ester son figuras centrales en sus respectivas narraciones bíblicas, pero la responsabilidad de cuidar a un niño no necesita justificarse por la importancia de lo que hará en el futuro.
La visión de futuro más responsable no consiste en imaginar qué tan grande llegará a ser un niño. Consiste en reconocer que tiene dignidad hoy, que su desarrollo merece atención y que los adultos debemos contribuir a que pueda desplegar sus capacidades sin imponerle nuestros propios proyectos.
El adulto significativo en el contexto de la iglesia contemporánea
Esta reflexión tiene implicaciones directas para el ministerio infantil. Una iglesia puede contar con un currículo bien diseñado, recursos didácticos, actividades creativas y maestros comprometidos, y aun así dejar sin atender aspectos importantes de la experiencia infantil si no presta atención a la calidad de las relaciones.
La enseñanza bíblica y la pedagogía son necesarias, pero deben formar parte de una cultura comunitaria que cuide a los niños. Eso supone seleccionar y preparar adecuadamente a los voluntarios, establecer protocolos de protección, escuchar las inquietudes de los niños, respetar sus límites y acompañar a las familias sin juzgarlas de manera simplista.
También implica comprender las realidades culturales de la comunidad. En familias migrantes, por ejemplo, los adultos pueden enfrentar jornadas laborales exigentes, barreras lingüísticas, diferencias generacionales y tensiones entre la cultura del hogar y la de la escuela. La iglesia no debería responder a estas complejidades con reproches fáciles. Necesita escuchar, aprender y ofrecer acompañamiento realista.
Una perspectiva bíblico-teológica responsable no utiliza las Escrituras para idealizar a las familias ni para culpabilizar a quienes atraviesan dificultades. Las utiliza para examinar nuestras responsabilidades, reconocer la dignidad de la niñez y orientar prácticas más fieles al cuidado que decimos profesar.
Por eso, me parece necesario que la formación de líderes infantiles incluya algo más que técnicas para mantener la atención de un grupo. Necesitamos formar adultos capaces de observar, escuchar, establecer límites saludables, comprender diferencias culturales y reconocer cuándo un niño necesita acompañamiento adicional.
En última instancia, el ministerio infantil no se mide solamente por la cantidad de niños que asisten ni por la información bíblica que pueden repetir. También debe preguntarse qué clase de relaciones encuentran, qué oportunidades tienen para participar y si las prácticas de la comunidad reflejan la dignidad que Jesús les reconoció.
Conclusión: el futuro de la niñez también es una responsabilidad adulta
Al terminar esta reflexión, regreso a una pregunta que considero esencial para quienes participamos en la crianza, la educación y el discipulado de los niños: ¿qué estamos haciendo hoy con las vidas que Dios ha puesto cerca de nosotros?
La hija del faraón no necesitó compartir el origen de Moisés para contribuir a la preservación de su vida. Mardoqueo asumió la responsabilidad de una niña que había perdido a sus padres, antes de que ella ocupara un lugar decisivo en la historia de su pueblo. Loida y Eunice participaron en una formación espiritual que precedió al ministerio de Timoteo. Jesús, por su parte, confrontó a quienes pretendían impedir que los niños se acercaran a él.
Estos relatos no ofrecen una receta única para la crianza. Nos presentan situaciones diferentes que, interpretadas con responsabilidad, iluminan distintas dimensiones de nuestra tarea como adultos.
Me conmueve especialmente pensar que, en el relato de Moisés, una mujer perteneciente a la casa del faraón protegió a un niño hebreo cuyo futuro no podía conocer. Y que, en la historia de Ester, una niña huérfana recibió el cuidado de Mardoqueo antes de que su nombre quedara vinculado con la preservación de su pueblo. Ambos relatos nos invitan a considerar algo que con frecuencia olvidamos: el adulto ve solamente una parte de la historia, pero el niño todavía tiene mucha historia por vivir.
Por eso, debemos cuidar sin exigir que el niño demuestre que merece nuestro esfuerzo; formar sin imponerle un destino; corregir sin destruir su dignidad; enseñar sin silenciar sus preguntas; y acompañar sin pretender controlar cada paso de su crecimiento.
Desde mi perspectiva pastoral, esta responsabilidad tiene también una dimensión espiritual profunda. No podemos hablar del amor de Dios a los niños mientras nuestras relaciones con ellos reproducen el desprecio, la indiferencia o la exclusión que decimos rechazar. Nuestra teología debe poder reconocerse en la forma en que recibimos a un niño, escuchamos su historia, protegemos su integridad y le ofrecemos un lugar digno en la comunidad.
La pregunta final, entonces, no debería ser solamente qué clase de adultos necesitamos para la niñez. También debemos preguntarnos qué clase de adultos estamos dispuestos a ser.
Quizá nunca lleguemos a conocer todas las consecuencias de una conversación, una palabra de ánimo, una decisión de proteger o una oportunidad que ofrecemos. Tal vez el niño al que acompañamos hoy no recuerde cada lección que le enseñamos. Pero eso no nos exime de la responsabilidad de tratar su vida con seriedad, ternura y respeto.
No necesitamos conocer el futuro de un niño para invertir responsablemente en su presente. Necesitamos comprender que su presente está lleno de posibilidades y que nuestra manera de acompañarlo puede contribuir a que las desarrolle.
Mi desafío para padres, abuelos, tios, maestros, pastores, mentores y líderes es sencillo, pero no superficial: dejemos de mirar a los niños únicamente desde lo que todavía les falta aprender, desde las dificultades que necesitamos corregir o desde el lugar que esperamos que ocupen mañana. Aprendamos a verlos como personas con dignidad hoy, con una historia que merece ser escuchada y con un futuro que no nos pertenece, pero ante el cual tenemos una responsabilidad.
Porque, en ocasiones, el acto más trascendente de un adulto no es preparar un gran discurso, dirigir un programa extraordinario o realizar una acción que todos reconozcan. Es recibir a un niño, protegerlo, creer que su vida importa y acompañarlo con fidelidad en el tramo del camino que le corresponde.
Y quizá algún día comprendamos que, mientras nosotros pensábamos que solamente estábamos cuidando a un niño, también estábamos contribuyendo a preservar posibilidades de vida que todavía no podíamos imaginar.
Referencias
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La Santa Biblia: Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas.
Quine, C. (2021). Pharaoh’s daughter: The adoptive mother’s sacrifice. Feminist Theology, 29(2), 102–112. https://doi.org/10.1177/0966735020965164
Spitaler, P. (2009). Welcoming a child as a metaphor for welcoming God’s kingdom: A close reading of Mark 10:13–16. Journal for the Study of the New Testament, 31(4), 423–446. https://doi.org/10.1177/0142064X09104959
Zipor, Y. (2006). When Midrash met Septuagint: The case of Esther 2,7. Zeitschrift für die alttestamentliche Wissenschaft, 118(1), 82–92. https://doi.org/10.1515/ZAW.2006.005
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