
“A mí me pegaron y aquí estoy”: cuando sobrevivir no significa que haya sido lo mejor
Hay frases que pasan de generación en generación casi sin cuestionarse: “A mí me pegaron y no me pasó nada”, “así aprendí a respetar”, “una nalgada a tiempo evita muchos problemas”. Detrás de ellas suele haber una historia familiar que se repite.
Muchos padres fueron educados con gritos, amenazas, castigos físicos o miedo. Y cuando llega el momento de criar a sus propios hijos, pueden terminar reproduciendo aquello que conocieron. No necesariamente porque quieran lastimar, sino porque ese fue el modelo de autoridad que aprendieron.
Pero hay una pregunta que vale la pena hacernos:
¿Quiero que mi hijo me obedezca porque me tiene miedo o porque está aprendiendo a tomar buenas decisiones?
Romper ciclos también es amar
Reconocer que algunas prácticas de nuestra infancia nos hicieron daño no significa dejar de amar o respetar a nuestros padres. Significa comprender que podemos conservar lo bueno que recibimos y decidir no repetir aquello que lastimó.
La evidencia sobre crianza positiva señala que educar sin golpes no equivale a criar sin autoridad. Los niños necesitan límites, normas, consecuencias y dirección; pero todo ello puede darse sin violencia ni humillación. UNICEF destaca precisamente que la crianza respetuosa combina afecto con límites claros y que los métodos violentos pueden producir miedo, tristeza y distanciamiento en lugar del aprendizaje que los padres buscan.
Por eso, romper un ciclo familiar puede verse así:
“Me gritaron, pero yo aprenderé a hablar.”
“Me pegaron, pero yo aprenderé a corregir.”
“Me hicieron sentir miedo, pero quiero que mi hogar sea un lugar seguro.”
Eso no es debilidad. Es crecimiento.
Disciplina no significa violencia
A veces confundimos disciplina con castigo. Sin embargo, disciplinar tiene como propósito enseñar.
Si un niño desobedece, necesita aprender que sus decisiones tienen consecuencias. Si lastima a alguien, debe aprender a reparar. Si rompe una regla, necesita comprender por qué existe esa regla.
El objetivo no es eliminar los límites, sino cambiar la manera de enseñarlos.
Un padre puede decir con firmeza:
“Lo que hiciste estuvo mal y habrá una consecuencia, pero no necesito lastimarte para enseñártelo.”
Esa combinación de amor + firmeza + límites + consecuencias coherentes ayuda al niño a desarrollar responsabilidad sin convertir al padre en una figura que debe temer. UNICEF señala que rechazar el castigo físico no significa renunciar a la autoridad parental.
Tu calma también educa
La frase de la imagen es poderosa:
“Prefiero tardarme más en enseñarte algo que enseñarte rápido a tenerme miedo.”
Criar así requiere más paciencia.
Golpear puede detener una conducta inmediatamente. Gritar también puede conseguir silencio. Pero detener una conducta no necesariamente significa haber enseñado una convicción.
En cambio, conversar, establecer consecuencias, repetir instrucciones, enseñar autocontrol y acompañar al niño requiere tiempo.
Y ahí aparece uno de los mayores desafíos de la paternidad: antes de enseñar al niño a regular sus emociones, muchas veces el adulto necesita aprender a regular las suyas.
Cuando sientas que estás a punto de explotar, detenerte unos segundos puede cambiar completamente lo que suceda después. No tienes que resolver el problema en el momento de mayor enojo.
Primero recupera la calma. Después corrige.
¿Y si ya grité o golpeé?
Ser padre también implica reconocer errores.
Si alguna vez reaccionaste mal, no necesitas fingir que nada ocurrió. Puedes acercarte a tu hijo y reconocer claramente tu responsabilidad:
“Lo que hiciste necesitaba corrección, pero yo no debí reaccionar de esa manera. Perdóname. Vamos a hablar de lo ocurrido y buscar una manera mejor de resolverlo.”
Pedir perdón no destruye la autoridad.
Puede enseñarle al niño algo profundamente valioso: los adultos también se equivocan, reconocen sus errores y reparan el daño. UNICEF recomienda precisamente asumir la responsabilidad cuando un padre ha lastimado a su hijo, validar sus sentimientos y trabajar para recuperar su seguridad.
Para padres cristianos
La Biblia presenta una hermosa responsabilidad:
“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” — Efesios 6:4
La disciplina bíblica no debería convertirse en una excusa para descargar nuestra frustración.
Nuestro llamado es formar, orientar, corregir y acompañar.
Nuestros hijos necesitan padres firmes, sí, pero también padres capaces de escuchar, pedir perdón, abrazar, enseñar y mostrar dominio propio.
Quizá tú no puedas cambiar la infancia que tuviste.
Pero sí puedes decidir qué infancia recordarán tus hijos.
Que algún día puedan decir:
“En mi casa había límites, pero también había amor. Cuando me equivocaba me corregían, pero podía sentirme seguro. Mi papá y mi mamá no fueron perfectos, pero aprendieron conmigo.”
Porque romper ciclos también es amor.
No se trata de criar hijos que nos tengan miedo. Se trata de formar hijos que, aun cuando nosotros no estemos presentes, hayan aprendido a escoger lo correcto.
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