
Principios bíblicos para restaurar relaciones, proteger la unidad y practicar el perdón
Donde existen relaciones humanas, tarde o temprano aparecerán diferencias. La iglesia no es la excepción. Aun entre creyentes sinceros pueden surgir desacuerdos, palabras malinterpretadas, expectativas incumplidas, heridas, diferencias de criterio e incluso pecados que afectan seriamente una relación.
La pregunta no es solamente si tendremos conflictos, sino cómo responderemos cuando aparezcan.
La Biblia no nos enseña a fingir que los problemas no existen. Tampoco nos autoriza a alimentar resentimientos, formar bandos o convertir las diferencias personales en guerras congregacionales. Nos muestra un camino orientado hacia la verdad, el arrepentimiento, el perdón y, cuando es posible, la restauración.
«Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres».
Romanos 12:18
1. Habla con la persona, no acerca de la persona
Uno de los principios más claros aparece en Mateo 18:15:
«Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos».
Jesús comienza con una conversación personal.
Nuestra tendencia puede ser hacer exactamente lo contrario: contar primero el problema a otras personas, buscar aliados o expresar nuestra frustración públicamente.
El camino bíblico comienza acercándonos a la persona involucrada.
Antes de hablar con diez personas acerca de nuestro hermano, debemos preguntarnos:
¿Ya hablé con mi hermano?
Una conversación privada puede evitar que un problema pequeño termine afectando a toda una congregación.
2. Busca restaurar, no ganar
Jesús continúa diciendo:
«Si te oyere, has ganado a tu hermano».
Mateo 18:15
Observe cuál es la meta: ganar al hermano, no ganar la discusión.
Esto transforma completamente nuestra manera de enfrentar un conflicto.
La pregunta deja de ser:
«¿Cómo demuestro que tengo razón?»
y comienza a ser:
«¿Cómo podemos resolver esto de una manera que honre a Cristo?»
Cuando nuestro objetivo es derrotar al otro, incluso una conversación bíblica puede convertirse en un arma. Cuando nuestro propósito es restaurar, podemos hablar con firmeza sin abandonar el amor.
3. Escucha antes de sacar conclusiones
En todo conflicto existen perspectivas que necesitamos comprender.
Proverbios 18:13 advierte:
«Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio».
Escuchar no significa necesariamente estar de acuerdo. Significa darle a la otra persona la oportunidad de explicar lo sucedido.
Preguntas como estas pueden cambiar una conversación:
«¿Puedes ayudarme a entender lo que pasó?»
«¿Eso fue realmente lo que quisiste decir?»
«¿Hay algo que yo no estoy viendo?»
A veces descubriremos un pecado que necesita confrontarse. En otras ocasiones descubriremos un malentendido que nunca debió convertirse en conflicto.
4. Examina también tu propio corazón
Es fácil identificar lo que el otro hizo mal y mucho más difícil reconocer nuestra propia responsabilidad.
Jesús enseñó:
«Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano».
Mateo 7:5
Antes de confrontar, conviene preguntarnos:
¿He contribuido yo al problema?
¿Hablé de manera incorrecta?
¿Estoy reaccionando por orgullo?
¿Necesito pedir perdón por algo?
Dos palabras pueden abrir puertas que horas de argumentos mantienen cerradas:
«Perdóname».
5. No permitas que la amargura gobierne
Pablo escribió:
«Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia».
Efesios 4:31
Un conflicto sin resolver puede comenzar como una pequeña herida y terminar convirtiéndose en amargura.
Entonces dejamos de evaluar únicamente lo sucedido y comenzamos a interpretar todo lo que la persona hace a través de aquella herida.
Pablo presenta una alternativa:
«Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo».
Efesios 4:32
El evangelio no solamente nos enseña que hemos sido perdonados. También transforma nuestra manera de tratar a quienes nos han ofendido.
6. Aprende a perdonar
Colosenses 3:13 dice:
«Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros».
Perdonar no significa afirmar que lo ocurrido estuvo bien.
Tampoco significa necesariamente eliminar todas las consecuencias, recuperar inmediatamente la confianza o exponerse nuevamente a conductas dañinas.
Perdón, reconciliación y confianza están relacionados, pero no son idénticos.
Puede ofrecerse perdón mientras la reconstrucción de la confianza requiere arrepentimiento, cambios comprobables, tiempo y límites prudentes.
Este punto es especialmente importante cuando el conflicto incluye abuso, violencia, amenazas, delitos o conductas que ponen a alguien en peligro. Esas situaciones no deben reducirse a una simple conversación privada ni encubrirse apelando al perdón. Proteger a las personas y acudir a las autoridades correspondientes cuando sea necesario no contradice el principio bíblico de restauración.
7. Cuando no se resuelve, busca ayuda sabia
Mateo 18:16 continúa:
«Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos».
Hay situaciones que necesitan la participación de creyentes maduros y responsables.
No se trata de formar un grupo para presionar a la otra persona. Se trata de incorporar ayuda que permita establecer los hechos, escuchar ambas partes y procurar una resolución justa.
Cuando corresponda, los líderes de la iglesia también tienen la responsabilidad de intervenir.
La disciplina bíblica correctamente entendida no tiene como propósito humillar públicamente, vengarse ni proteger la reputación institucional.
Su orientación debe ser la corrección, la protección de la congregación y la restauración espiritual.
8. Protege la unidad sin sacrificar la verdad
La unidad cristiana no significa que nunca existan desacuerdos.
Tampoco significa guardar silencio ante todo problema para mantener una apariencia de tranquilidad.
Pablo exhorta:
«Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz».
Efesios 4:3
La verdadera unidad necesita amor, pero también verdad.
Podemos estar en desacuerdo sin convertir al hermano en enemigo. Podemos corregir sin humillar. Podemos escuchar sin renunciar a nuestras convicciones. Podemos establecer límites sin alimentar odio.
Antes de confrontar a alguien
Conviene detenernos y preguntarnos:
¿He orado por esta situación? ¿Tengo claros los hechos? ¿Estoy hablando directamente con la persona correcta? ¿Mi intención es restaurar o castigar? ¿Estoy dispuesto a escuchar? ¿Hay algo por lo que yo también deba pedir perdón? ¿Estoy dispuesto a perdonar?
Estas preguntas no garantizan una conversación fácil, pero pueden ayudarnos a entrar en ella con una actitud diferente.
Una iglesia madura no es una iglesia sin conflictos
Es una iglesia que ha aprendido a enfrentarlos de manera diferente.
No alimenta rumores cuando puede tener conversaciones.
No busca bandos cuando puede buscar reconciliación.
No utiliza la verdad como arma para destruir.
No confunde perdón con encubrimiento.
No sacrifica la verdad para aparentar unidad.
Sobre todo, recuerda que detrás del conflicto hay personas por quienes Cristo murió.
Para reflexionar
Quizá la pregunta más importante cuando enfrentamos un conflicto no sea:
«¿Quién va a ganar?»
Sino:
«¿Cómo podemos honrar a Cristo en la manera en que resolvemos esto?»
Porque en la iglesia, el objetivo bíblico no debería ser producir vencedores y derrotados.
El propósito es procurar la verdad, el arrepentimiento, el perdón, la restauración y la unidad en Cristo.
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