
DEVOCIONAL CRISTIANO
ANTES DE CLAVAR LOS SERMONES QUE PREDICAS A LOS DEMÁS, CLÁVALOS EN TI
Tema: La importancia de vivir lo que enseñamos.
Lecturas bíblicas: Mateo 7:1-5; Santiago 1:22-25.
Versículo clave:
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos». — Santiago 1:22 (RVR1960)
Reflexión: El mensaje debe comenzar en nosotros
Es fácil señalar los errores de los demás. Es fácil identificar lo que otros necesitan cambiar, corregir o abandonar. Incluso podemos conocer las Escrituras, explicar sus enseñanzas y aconsejar correctamente a otras personas.
Pero existe una pregunta que todo cristiano, especialmente quien enseña o predica la Palabra de Dios, debe hacerse:
¿Estoy viviendo aquello que les estoy enseñando a los demás?
Jesús nos confronta con una enseñanza profunda en Mateo 7:3:
«¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?»
El Señor no está diciendo que nunca debamos ayudar a corregir a otros. Nos está enseñando que, antes de hacerlo, debemos examinar nuestro propio corazón.
Porque no podemos corregir con humildad aquello que nos negamos a reconocer en nosotros mismos.
1. La Palabra de Dios debe transformarnos primero
Antes de preparar una enseñanza para otros, necesitamos permitir que Dios nos enseñe a nosotros.
Antes de predicar sobre el perdón, debemos examinar si guardamos resentimiento.
Antes de hablar sobre el amor, debemos preguntarnos si tratamos a los demás con paciencia y misericordia.
Antes de enseñar sobre la humildad, necesitamos reconocer nuestro orgullo.
Antes de hablar sobre la oración, debemos revisar nuestra propia comunión con Dios.
La Biblia no fue entregada solamente para llenar nuestra mente de conocimientos, sino también para transformar nuestra manera de vivir.
2. No confundamos conocimiento bíblico con madurez espiritual
Una persona puede memorizar numerosos versículos, enseñar lecciones extraordinarias y desarrollar excelentes sermones, pero seguir luchando con áreas de su carácter que se niega a rendir delante de Dios.
La madurez espiritual no se demuestra únicamente por cuánto sabemos de la Biblia, sino también por nuestra disposición a obedecerla.
Santiago 1:22 advierte sobre el peligro de escuchar la Palabra sin practicarla.
Podemos conocer lo correcto y, aun así, vivir de manera contraria a lo que enseñamos.
Por eso, el verdadero crecimiento comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente:
¿A quién le hace falta escuchar este mensaje?
Y comenzamos a preguntarnos:
¿Qué quiere Dios corregir primero en mi propia vida mediante esta enseñanza?
3. El maestro también necesita ser enseñado
En la Escuela Dominical, quienes enseñamos tenemos una responsabilidad especial.
Los alumnos no solamente escuchan nuestras palabras; también observan nuestras actitudes.
Observan cómo respondemos ante las dificultades, cómo tratamos a nuestros compañeros, cómo manejamos los desacuerdos y cómo reaccionamos cuando cometemos errores.
Un maestro puede explicar una hermosa lección sobre el amor, pero si trata con desprecio a sus alumnos, su conducta contradice su mensaje.
Puede enseñar sobre el dominio propio, pero si constantemente pierde la paciencia, debilita su testimonio.
Esto no significa que los maestros deban ser perfectos.
Significa que debemos ser personas dispuestas a reconocer nuestros errores, arrepentirnos y seguir creciendo en Cristo.
La autenticidad cristiana no consiste en aparentar que nunca fallamos, sino en reconocer que continuamente necesitamos la gracia de Dios.
4. Antes de corregir a otros, examinemos nuestro corazón
Jesús dijo en Mateo 7:5:
«¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano».
Observemos el orden establecido por Jesús:
Primero, reconocer nuestra propia condición.
Después, permitir que Dios trate con nosotros.
Finalmente, ayudar a nuestro hermano con humildad, amor y claridad espiritual.
La corrección bíblica nunca debe convertirse en una herramienta para humillar a otros.
Debe ser una expresión de amor que procura restaurar, edificar y conducir hacia la verdad.
5. El sermón más poderoso comienza con una vida rendida a Dios
No siempre recordarán todas las palabras que predicamos.
No siempre recordarán cada versículo que explicamos.
Pero muchas veces recordarán cómo los tratamos, cómo los escuchamos y cómo respondimos en los momentos difíciles.
Nuestras acciones no sustituyen la proclamación de la Palabra, pero pueden respaldar o contradecir aquello que anunciamos.
El apóstol Pablo aconsejó a Timoteo:
«Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello». — 1 Timoteo 4:16 (RVR1960)
Observemos que Pablo menciona dos responsabilidades inseparables: cuidar nuestra vida y cuidar nuestra enseñanza.
No basta con enseñar correctamente. También debemos procurar vivir conforme a la verdad que proclamamos.
Preguntas para la reflexión personal
- ¿Estoy practicando las enseñanzas bíblicas que comparto con otros?
- ¿Hay alguna actitud en mi vida que necesito reconocer y corregir?
- ¿Cómo reacciono cuando alguien me señala un error?
- ¿Mis alumnos y familiares pueden observar en mi conducta los valores cristianos que enseño?
- ¿Permito que la Palabra confronte mi corazón antes de utilizarla para corregir a los demás?
Oración
Señor, antes de utilizar tu Palabra para enseñar a otros, permite que ella examine mi corazón.
Perdóname por las ocasiones en que he sido rápido para señalar los errores ajenos y lento para reconocer los míos.
Líbrame del orgullo espiritual, de la hipocresía y de la tentación de aparentar una madurez que todavía necesito desarrollar.
Enséñame a vivir lo que predico, a practicar lo que enseño y a reflejar tu amor en mis palabras, decisiones y actitudes.
Que mi vida sea un testimonio sincero de tu gracia y que nunca olvide que yo también soy un discípulo que necesita aprender cada día.
En el nombre de Jesús. Amén.
Desafío espiritual de hoy
Antes de compartir un versículo para corregir a alguien, dedica unos minutos a preguntarle a Dios qué quiere enseñarte a ti mediante ese mismo pasaje.
No utilices la Biblia solamente como una ventana para observar las faltas de los demás. Permite que también sea un espejo que examine tu propia vida.
Reflexión final
Antes de predicar paciencia, practícala. Antes de exigir perdón, perdona. Antes de enseñar humildad, humíllate. Antes de hablar del amor de Cristo, demuéstralo.
Porque el mensaje más convincente no nace solamente de unos labios que conocen la Escritura, sino de una vida que procura obedecerla.
«Antes de clavar los sermones que predicas a los demás, clávalos en ti».
Una reflexión para cristianos, pastores, líderes, predicadores y maestros de Escuela Dominical.
Comparte esta reflexión con alguien que tenga el privilegio y la responsabilidad de enseñar la Palabra de Dios.
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